El calor del verano se había instalado en la cocina como un abrazo espeso y dulce, y cuando Ingrid cruzó la puerta aquella tarde, supe que la receta que íbamos a preparar cambiaría para siempre.
Ingrid, mi mejor amiga desde siempre, llegó con el rostro sonrosado y una sonrisa juguetona. El pijama corto de botones mal abrochados apenas contenía la suavidad de sus pechos y dejaba ver el inicio de su vientre cada vez que se movía. Yo solo llevaba una camisa blanca holgada y unas braguitas de algodón; el sujetador había sido víctima del calor y yacía olvidado en algún cajón. Estábamos preparando un pastel de vainilla, riendo mientras mezclábamos la harina y los huevos, cuando ella, con esa malicia tan suya, me lanzó un puñado de harina que me cubrió la camisa y parte de la cara.
Nos reímos como niñas. Yo le devolví el ataque y pronto la cocina se llenó de nubes blancas y de nuestras carcajadas. Cuando fuimos al fregadero a limpiarnos, Ingrid abrió el grifo con fuerza “sin querer” y un chorro de agua fría me empapó el pecho. La camisa blanca se volvió transparente al instante. Mis pechos quedaron completamente visibles, los pezones oscuros y duros marcándose contra la tela mojada. Ingrid se quedó mirándome, la respiración entrecortada, los ojos brillantes de algo que ya no era solo amistad.
El primer beso fue solo un pico suave, pero bastó para que el mundo se detuviera.
Me acerqué despacio, el corazón latiéndome en la garganta, y le di un pico suave en los labios. Ella respondió con otro beso más largo, y otro, y otro. Nuestras bocas se fundieron con ternura y hambre. Mis manos subieron por su espalda y terminaron de desabrochar los pocos botones rebeldes. Sus pechos se liberaron, pesados, cálidos y perfectos, y yo los tomé con reverencia, acariciando la piel suave con las yemas de los dedos hasta que sus pezones se endurecieron bajo mi contacto.
Ingrid, con una risa baja y traviesa, cogió un poco de nata de la batidora y la extendió sobre mi pezón izquierdo. “Prueba, a ver si está buena”, susurró cerca de mi oído. Me incliné y lamí despacio, saboreando la dulzura cremosa mezclada con el sabor salado de su piel. Ella tembló y gimió bajito, arqueando la espalda. A partir de ese momento el pastel quedó olvidado.
Nos besamos con más profundidad, las lenguas entrelazadas, las manos recorriendo cada curva, cada hueco cálido. La camisa y el pijama terminaron en el suelo. Nuestros cuerpos desnudos se pegaron piel contra piel, cálidos y pegajosos de harina y nata. Nos arrastramos hasta el dormitorio y nos dejamos caer sobre la cama. Allí nos entregamos por completo.
Yo me perdí entre sus muslos suaves y firmes, lamiendo su intimidad hinchada y brillante, saboreando su deseo con la lengua mientras ella gemía mi nombre y se retorcía bajo mí. Ingrid me devolvió el placer con la boca y los dedos, introduciéndolos en mi calor húmedo con una dulzura que me volvía loca. Nos entrelazamos en el centro de la cama, nuestros sexos rozándose, nuestras piernas enredadas, los pechos apretados el uno contra el otro. Cada movimiento era lento y profundo, cada beso una promesa. Corrimos juntas, temblando, llorando de placer, besándonos la boca, el cuello, los pezones todavía manchados de nata y harina, sintiendo cómo nuestros cuerpos se contraían al mismo tiempo.
Cuando recuperamos el aliento, nos miramos y reímos. “Necesitamos una ducha”, dije. Nos metimos juntas bajo el agua caliente. El chorro nos limpió la harina de la piel mientras nos enjabonábamos con ternura. Mis manos resbalaron por sus pechos enjabonados, bajaron por su vientre y la acariciaron entre las piernas con suavidad infinita. Ella cerró los ojos y se dejó llevar hasta otro orgasmo lento y profundo, temblando contra mí. Yo la seguí poco después, apoyada contra la pared de la ducha, con sus dedos dentro de mí y su boca en mi cuello, gimiendo contra su piel.
Salimos envueltas en toallas, todavía húmedas y sonrientes. Nos secamos mutuamente con caricias perezosas y nos metimos en la cama desnudas. Me acurruqué contra su espalda, rodeándola con un brazo, mi mano abierta sobre su pecho izquierdo, sintiendo su corazón todavía acelerado. “Quédate a dormir conmigo esta noche”, le pedí en un susurro. Ella solo apretó mi mano contra su piel y susurró “Siempre”. Nos dormimos así, desnudas, abrazadas, con el olor a vainilla, a sexo y a verano flotando en la habitación, más satisfechas y enamoradas que nunca.