Hoy estaba tan nerviosa que ni yo misma me soportaba. Los exámenes me habían convertido en una persona irritable, tensa, incapaz de pensar en otra cosa que no fueran fórmulas y fechas que se me escapaban. Llevaba semanas sin follar, sin tocarme siquiera, y toda esa energía acumulada se mezclaba con el estrés hasta volverme insoportable. Hasta para Andrés.
Andrés, mi mejor amigo desde el instituto, el chico bueno, el que siempre estaba ahí con una sonrisa tranquila y una palabra justa. Nunca lo había visto como algo más. Hasta hoy.
Me encontró en el pasillo de la facultad, me miró con esos ojos oscuros llenos de preocupación y, sin preguntar demasiado, me tomó de la mano. «Ven conmigo», me susurró cerca del oído, «vamos a un sitio donde puedas respirar». Lo seguí sin dudar. Confiaba en él más que en nadie.
Cerró la puerta del baño con el pestillo. El espacio era pequeño, con azulejos fríos y el eco de nuestras respiraciones. Me miró de arriba abajo y vi cómo su mirada se detenía en mi camisa blanca. Estaba tan excitada que los pezones se marcaban duros contra la tela fina, y con el calor la camisa se había vuelto casi transparente. Se me notaba todo. Y en vez de avergonzarme, me excitó más.
Andrés se acercó despacio, me acarició la cara con el dorso de los dedos. «Nora… déjame ayudarte a soltar todo esto». Su voz era suave, pero había algo nuevo en ella. Algo que me hizo temblar. Me besó. Primero suave, casi respetuoso, como si me pidiera permiso. Luego más profundo, con hambre. Sus manos bajaron por mi cintura, se metieron bajo la camisa y subieron hasta mis pechos. Cuando pellizcó suavemente mis pezones hinchados, gemí contra su boca.
Me levantó con facilidad y me sentó en el borde del wc. La minifalda vaquera se subió hasta las caderas. Me bajó las bragas con una mano mientras la otra me abría las piernas. Su polla ya estaba dura, gruesa, caliente. Me miró a los ojos un segundo, como preguntando si estaba segura. Asentí.
Me penetró de un solo empujón profundo, llenándome por completo. Fue intenso, casi brutal, justo lo que mi cuerpo necesitaba después de tanto tiempo conteniéndome. Cada embestida borraba un poco más la tensión de los exámenes. El sonido húmedo de nuestros cuerpos, sus gemidos roncos cerca de mi oído, mis uñas clavándose en su espalda desnuda… todo se mezcló en una ola de placer que me hizo correrme fuerte, temblando, mordiéndome el labio para no gritar demasiado alto.
Andrés siguió moviéndose, más rápido, más profundo, hasta que se corrió dentro de mí con un gemido largo, abrazándome contra su pecho como si no quisiera soltarme nunca. Nos quedamos así un rato, pegados, sudorosos, respirando al mismo ritmo. Su corazón latía tan fuerte como el mío.
Después me dio besos suaves en la frente, en los párpados, en los labios. «Ya está», susurró, «ahora todo está más claro, ¿verdad?». Y tenía razón. Los nervios se habían ido. Me sentía ligera, relajada, y al mismo tiempo… algo había cambiado entre nosotros. Pero de una forma dulce, como si siempre hubiera estado ahí, esperando el momento adecuado.
Me ayudó a bajarme, me arregló la minifalda con ternura y me besó una vez más antes de salir. Cuando volvimos al pasillo, ya no era la misma Nora tensa de antes. Y Andrés… Andrés ya no era solo mi mejor amigo.
Con él todo siempre ha sido fácil. Hoy lo fue de otra manera… y me gustó.
Me fui a casa esa tarde con las piernas todavía temblorosas y una sonrisa tonta que no podía borrar. Los exámenes seguían ahí, pero ya no me ahogaban. Andrés me había regalado algo más que un polvo intenso: me había devuelto a mí misma. Y aunque no lo dijimos en voz alta, ambos sabíamos que algo nuevo había empezado entre nosotros. Algo suave, algo bonito… y algo que tenía muchas ganas de repetir.