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Relato 05

Lo que tiene el negro

19 de junio de 2026 10 fotos 9 vídeos

Esta mañana el sol de Ibiza me despertó con un cosquilleo de pura emoción recorriéndome todo el cuerpo. Hoy era el día del reportaje de ropa veraniega en una mansión de lujo con piscina infinita y luz dorada que lo bañaba todo. Pero lo que realmente me tenía el corazón latiendo como loca era saber que mi compañero de fotos sería un modelo negro, alto y muy musculoso, el tipo de hombre que te pone solo con mirarlo.

Cuando crucé la verja de la villa blanca rodeada de buganvillas, él ya estaba allí. Marcus. Su piel oscura brillaba bajo el sol como ébano pulido, cada músculo de su pecho, hombros y abdomen marcado con precisión. Llevaba solo unos shorts claros que apenas contenían sus piernas fuertes y ese trasero redondo y firme. Me sonrió con una sonrisa cálida y grave que me llegó directo entre las piernas y supe que el día iba a ser largo… y deliciosamente peligroso.

Las primeras fotos fueron ligeras: bikinis pequeños de colores pastel, pareos que apenas cubrían nada, poses de “pareja veraniega” junto a la piscina. Pero desde el primer clic hubo algo más. Cada vez que Marcus ponía sus grandes manos en mi cintura, en mi espalda baja o rozaba la piel desnuda de mis costados, un calor húmedo se extendía entre mis muslos. La conexión era real, palpable. En una pose de él abrazándome por detrás noté cómo su polla empezaba a endurecerse contra mi culo y me arqueé hacia él sin pensar. El fotógrafo captó la tensión y nos animó a dejarla fluir.

Entonces llegaron los besos. En una toma de “química natural” Marcus me miró a los ojos, preguntó sin palabras y yo asentí. Sus labios fueron suaves al principio, exploratorios, pero pronto se volvieron profundos y hambrientos. Su lengua bailaba con la mía mientras sus manos me apretaban contra su pecho duro. Olvidé que había cámara, equipo, todo. Solo existía su boca, su calor y ese deseo creciendo entre los dos como una marea imparable.

Más tarde, para una serie más artística y atrevida, le pidieron que se desnudara por completo. Marcus se bajó los shorts lentamente, sin dejar de mirarme. Y entonces apareció. Su polla. Era enorme. Tan gruesa que mis dedos no podrían rodearla del todo, tan larga y pesada que colgaba majestuosa hasta casi la mitad del muslo. De un negro intenso y brillante, con venas gruesas y marcadas bajo la piel suave, y una cabeza redonda, oscura y perfecta que parecía invitar a ser besada y lamida. Se me cortó la respiración. Sentí cómo mi coño se contraía y se mojaba al instante, empapando la tela fina del bikini. Nuestros ojos se cruzaron y supe, con una claridad absoluta, que esa polla enorme acabaría dentro de mí antes de que terminara el día.

Supe en ese instante que lo quería todo de él.

El resto del día fue un delicioso preámbulo de miradas cargadas, roces que ya no disimulábamos y besos robados entre toma y toma. Cuando el fotógrafo finalmente dijo que teníamos material suficiente, Marcus me tomó de la mano y me llevó hacia la piscina sin necesidad de palabras. El agua estaba tibia y brillante. Sus manos me quitaron el poco bikini que me quedaba con una ternura que me derritió. Yo le acaricié el pecho duro, bajé por sus abdominales y rodeé con los dedos esa polla ya completamente erecta, gruesa y caliente. No cabía en mi mano. Me levantó con facilidad como si no pesara nada y me apoyó contra el borde de la piscina. Su boca bajó por mi cuello, mis pechos, chupando mis pezones con una mezcla de dulzura y hambre que me hacía gemir su nombre. Luego se arrodilló en el agua y su lengua encontró mi clítoris, lamiéndome con movimientos lentos y precisos hasta que me corrí temblando contra su boca.

Pero yo quería más. Quería sentirlo dentro. Le pedí con la voz entrecortada que me follara y sus ojos se oscurecieron de deseo y ternura. Se colocó entre mis piernas abiertas y la cabeza gruesa de su polla presionó mi entrada empapada. Empujó despacio, con cuidado, abriéndome centímetro a centímetro. El estiramiento era delicioso y profundo, un ardor rico que me llenaba por completo. Cuando estuvo todo dentro gemimos los dos al unísono. Empezó a moverse con ritmo constante y profundo, el agua chapoteando alrededor de nuestros cuerpos unidos. Cada embestida me llegaba al alma. Le rodeé con las piernas la cintura ancha, le clavé las uñas en los hombros musculosos y le besé la boca oscura mientras me follaba con una mezcla perfecta de fuerza y cariño.

El placer subió en olas cada vez más intensas. Me corrí otra vez, contrayéndome alrededor de esa polla monumental, gimiendo contra su cuello. Él siguió follándome a través de mi orgasmo, más rápido ahora, respirando agitado. De repente se retiró, salió un poco del agua y se masturbó esa polla enorme justo encima de mí. «Quiero que pruebes mi corrida, preciosa», susurró con voz ronca y dulce. Abrí la boca y saqué la lengua. Y entonces llegó la abundante corrida. Chorros gruesos, calientes y blancos que salían con fuerza, llenándome la lengua, cayendo por mis labios, mi mentón y mis pechos. Era tanta que casi no cabía toda. La saboreé con devoción, espesa y ligeramente dulce, tragando lo que podía mientras limpiaba con la lengua la punta palpitante de su polla. Me miró con ojos brillantes de placer y algo más suave, casi tierno.

Nos quedamos abrazados en el agua mucho rato después, besándonos despacio, riendo bajito, acariciándonos como si el mundo fuera solo nuestro. El reportaje había sido increíble, pero lo que vivimos después fue puro fuego dulce. Ya sé que esta no será la última vez que sienta esa polla enorme y hermosa abriéndome. Y la próxima vez… quiero aún más de él.

El relato

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