Hoy invité a un chico que conocí en una fiesta a ver el partido de la selección… y terminé cabalgándolo en el sofá hasta dejarlo todo perdido de humedad y deseo.
Me he pasado toda la tarde preguntándome cómo he podido ser tan atrevida. No es que no me guste el riesgo, pero hoy he cruzado una línea que ni yo misma sabía que existía. Conocí a Lucas en la fiesta del viernes. Alto, uno ochenta y siete, cuerpo de gimnasio marcado, y esos ojos azules… Dios, esos ojos azules que parecen tragarte entera cuando te miran. Me contó que le encantaba el fútbol y la selección, y algo dentro de mí se encendió. Quería verlo otra vez. Quería que viniera a mi casa. Quería que me viera.
Primero le mandé un selfie normal, con el jersey de la selección bien puesto, sonrisa inocente. Luego, sin pensarlo demasiado, me bajé un poco el escote y le envié otra foto enseñándole un pecho. Solo uno. Suficiente para que quedara claro que si venía, no íbamos a pasar la tarde solo viendo fútbol. Le escribí “si quieres venir a verme el partido… avisa que voy a ponerme cómoda”. Y vino. Vino sin dudar.
Cuando abrió la puerta y me miró con esos ojos azules preciosos, sentí que se me derretía todo por dentro. Nos sentamos en el sofá, el partido ya había empezado, pero apenas prestábamos atención. Sus manos grandes empezaron a acariciarme la pierna por encima de las medias. Yo no me moví. Dejé que siguiera. Poco a poco se atrevió más. Me quité las medias despacio, enrollándolas con los dedos, y vi cómo se le oscurecía la mirada. Luego me bajé los pantalones. Me quedé solo con las bragas de encaje negro que había elegido pensando en él. Fue entonces cuando supe que ya no había vuelta atrás.
Empecé a besarlo. Primero suave, casi con miedo. Luego con más hambre. Sus manos subieron por mi camiseta y acariciaron mis pechos mientras yo me sentaba a horcajadas sobre él. Sentía lo duro que estaba debajo de mí. Me froté contra él un rato, disfrutando de cómo respiraba agitado, de cómo esos ojos azules no se apartaban de los míos ni un segundo. “Eres preciosa”, me susurró. Y yo me sentí preciosa de verdad.
Me levanté solo lo justo para bajarle los pantalones. Me subí de nuevo encima y lo metí dentro de mí con lentitud, mirándolo a los ojos. Esos ojos azules me volvían loca. Empecé a cabalgarlo. Primero suave, meciéndome, sintiendo cómo me llenaba. Luego más fuerte, más profundo. El partido seguía sonando de fondo pero nosotros ya estábamos en otro mundo. Cada vez que bajaba, él subía las caderas para recibirme. Mis bragas de encaje estaban hechas un desastre, empapadas. El sofá también. Dejábamos todo perdido: mis jugos, su pre-córner, el sudor que nos corría por la espalda.
Me preguntaba mientras lo montaba si era una puta por lo mucho que me gustaba esto. Por lo mojada que estaba. Por lo fuerte que quería que me follara. Porque sí, quería que me follara. Quería sentirlo todo. Y él me lo daba. Me agarraba las caderas con fuerza y me ayudaba a subir y bajar más rápido. Mis pechos rebotaban bajo el jersey de la selección. Cada vez que lo miraba a la cara, esos ojos azules me atravesaban. Me hacían sentir deseada, guapa, y al mismo tiempo completamente perdida en el placer.
El polvo fue un polvazo. De esos que te dejan las piernas temblando y el sofá manchado de humedad. Nos corrimos casi juntos. Yo me apreté alrededor de él, temblando, y él se corrió dentro con un gemido bajo mientras me miraba con esos ojos azules entrecerrados de placer. Nos quedamos un rato así, pegados, respirando agitados, con el partido ya casi terminado y nosotros completamente destrozados de gusto.
Luego fuimos a la ducha. Nos metimos juntos bajo el agua caliente. Me enjabonó con mimo, me besó el cuello, me pasó las manos por los pechos otra vez, más suave esta vez. Yo le lavé la espalda, le acaricié el pecho marcado. Nos besamos bajo el chorro, despacio, saboreando lo que habíamos hecho. El agua se llevaba la evidencia, pero dentro de mí seguía sintiendo el calor de todo lo que habíamos compartido.
Cuando salí de la ducha y me miré al espejo, tenía las mejillas sonrosadas y una sonrisa tonta. Me había comportado como una auténtica zorrita… y me había encantado. Esos ojos azules tienen la culpa. O quizá solo sea que me gusta follar. Me gusta follar rico, profundo, mirando a alguien que me desea tanto como yo a él.
Y mañana… quién sabe. Igual repito.
Sus ojos azules me miraban como si yo fuera lo único que importaba en el mundo, y en ese momento, lo era todo.