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Relato 07

En el coche

31 de julio de 2026 10 fotos 14 vídeos

Hoy me dio el calentón de golpe. Íbamos en el coche de Pablo, de vuelta de no recuerdo qué, y de pronto no pude pensar en otra cosa. Llevaba una camisa blanca de hombre, un par de tallas más grande, abotonada solo hasta la mitad del pecho, y una minifalda vaquera cortísima. Debajo, nada. Ni braga ni sujetador. Me gusta vestirme así cuando salgo con él: fácil de abrir, fácil de subir, fácil de quitar si hace falta.

—Aparca —le dije.

Me miró raro un segundo, pero lo hizo. Buscó un rincón oscuro del aparcamiento, lejos de las farolas, con la lluvia fina golpeando el techo. En cuanto apagó el motor me subí a su regazo sin pedir permiso. La camisa se me resbaló sola de un hombro y la falda quedó hecha un acordeón en la cintura. Él me miró con esa mezcla de sorpresa y hambre que tanto me gusta.

—No preguntes —susurré contra su boca—. Solo tócame.

Me gusta follar en el coche por muchas razones. La primera es que tengo el control. Estoy encima. Yo decido el ritmo, la profundidad, cuándo paro y cuándo sigo. La segunda es que él puede agarrarme el culo con las dos manos. Y el culo es la parte en la que más se fijan los chicos, lo sé. Me gusta sentir cómo me aprieta, cómo me abre un poco las nalgas mientras bajo. La tercera es que puedo jugar con mis pechos: se los meto en la boca, le dejo que los chupe un rato, que me muerda el pezón con suavidad… y después se los quito. Le encanta y a mí también. Tengo los pezones muy sensibles. Demasiado. Solo con que me los roce con los dientes ya se me pone el coño empapado. Esa sensibilidad es una de las pocas cosas que de verdad me ayudan a correrme.

Y luego está lo otro. Lo que casi no me atrevo a escribir. Me excita muchísimo la posibilidad de que alguien nos vea. Que pase un coche, que alguien camine cerca, que se asome. Estar medio desnuda, con la camisa abierta, la falda subida, montando a mi novio en un aparcamiento público… eso me pone más que casi cualquier otra cosa. El peligro dulce. La vergüenza que no llega a serlo del todo.

Le bajé el pantalón lo justo. Saqué su polla, ya dura, caliente en la palma, y me la froté un momento entre los labios.

—Mírala… qué dura la tienes solo porque te he dicho que aparques —gemí—. Ahora no te muevas.

Me senté despacio. Noté cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro. Eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido largo que empañó un poco más el cristal.

—Aaaah… sí… así, toda dentro…

Empecé a moverme. Despacio. Él me agarró el culo exactamente como me gusta, con las dos manos grandes, y yo le acerqué un pecho a la boca.

—Chupa —ordené—. Más. Con los dientes. Suave.

Chupó. Mordisqueó. Un tirón dulce en el pezón me arrancó otro gemido, más agudo.

—Joder… sí, así… mmh…

Se lo quité. Se lo volví a dar. Se lo quité otra vez. Cada vez que se lo retiraba él gemía más fuerte, buscando con la boca, y yo reía bajito contra su pelo, gozosa del control.

—No… ahora no. Primero fóllame. Empuja.

Obedeció. Empujó hacia arriba y yo bajé al mismo tiempo. El coche se movió. La lluvia seguía. Yo iba cada vez más rápido, con las manos apoyadas en el respaldo, la camisa completamente abierta, los pechos al aire, rebotando delante de su cara.

—Más fuerte —le pedí, la voz ya rota—. Vamos, Pablo. Fóllame más fuerte. Que se note.

Él apretó el culo con las dos manos y me alzó un poco solo para clavármela entera otra vez. Grité.

—¡Ah! Sí, sí, así… otra vez…

Pensaba en que cualquiera podía vernos. En que mi culo estaba completamente expuesto entre sus manos. En que él no podía mirar otra cosa. En los cristales empañados y en la lluvia como cómplice. Eso me empujó más hondo.

—Ábreme más… agárrame el culo y ábreme… sí, así, que se vea todo…

Él lo hizo. Me abrió las nalgas mientras yo rebotaba sobre él, mojada, ruidosa, sin vergüenza.

—Me voy a correr —avisé, casi sin aire—. Me estoy corriendo, joder… no pares, no pares…

—Nora…

—¡Sí, sí, sí! ¡Ahí, ahí! ¡Me corro, me corro!

Me corrí con un grito largo, desgarrado, apretando su polla dentro de mí, las uñas clavadas en el respaldo, el cuerpo entero temblando mientras él me sujetaba el culo con fuerza para que no me cayera.

—Sigue… sigue follándome, no te salgas… quiero que te corras dentro…

Él empujó torpe, urgente, la cara enterrada entre mis pechos, y se corrió poco después, todavía dentro, con un gemido grave que me vibró en la piel. Lo sentí latir. Lo sentí llenarme. Me quedé encima, jadeando, todavía contrayéndome a ratos alrededor de él.

Nos quedamos así un rato, escuchando la lluvia y nuestra respiración. Yo le acariciaba el pelo y pensaba que me gusta ser así con él: la que pide, la que se sube, la que ordena. La que se pone la camisa de hombre y la minifalda sin nada debajo solo para poder follarlo en cualquier sitio cuando me dé el calentón.

—Qué bien me follas cuando te lo pido… —le susurré, todavía sin bajar.

Cuando por fin me bajé y me volví a sentar en el asiento del copiloto, me abotoné solo un botón de la camisa. La falda seguía demasiado subida. Él arrancó con las manos todavía un poco temblorosas. Yo miré por la ventanilla empañada y sonreí para mí misma, con el cuerpo blando y el coño aún latiendo.

Ya estaba deseando la próxima vez que el coche se parara en un sitio oscuro solo porque yo lo pidiera.

El relato

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