El estudio olía a cáscara rota y a azúcar madura. Luz tibia, un fondo negro como una boca abierta, y sobre la mesa el desorden perfecto de lo comestible: naranjas partidas, cerezas todavía húmedas del frío, granadas abiertas en herida, plátanos de curva pesada. Nosotras cuatro. Y él.
El fotógrafo. Alto, camisa arremangada, la cámara colgándole del pecho como un segundo corazón. Nos miró al entrar y su mirada no fue profesional del todo: se detuvo un segundo de más en mi boca, en el cuello, en la forma en que la blusa me rozaba los pezones ya despiertos. Sonreí apenas. El aire ya pedía piel.
Ingrid se quitó la ropa como quien se quita una sombra. Desnuda, dorada, se plantó frente al negro y tomó el plátano con dedos lentos. Lo sopesó. Sonrió esa sonrisa que conoce el efecto de su propia boca. Se lo llevó a los labios y no fingió inocencia: solo la punta primero, la lengua dibujando el contorno, el aliento empañando la cáscara. Después bajó, hundió, dejó que la fruta le llenara la boca con una lentitud casi cruel. Se le ahuecaron las mejillas. Se le brilló la saliva en la comisura. Un hilo le bajó hasta la clavícula. Los flashes la devoraban. Yo, a un metro, sentía el eco en el bajo vientre: un latido espeso, una humedad que empezaba sin permiso. De reojo vi al fotógrafo. Disparaba, sí, pero la nuez se le movía al tragar. Cuando Ingrid sacó el plátano barnizado de saliva, él se pasó el objetivo hacia mí un instante, como buscando aire. Supe que también él olía el deseo en la habitación.
Sofía se adueñó de las cerezas y del espacio. Se recostó, el cuerpo curvy y bronceado ofreciéndose a la luz, y se llenó la boca con dos a la vez. Su lengua —ancha, rosa, golosa— las empujaba contra el paladar, las reventaba con una dulzura sucia. El zumo brotó oscuro por la comisura, le manchó el mentón, le resbaló en un hilo tembloroso hasta el hueco entre los pechos. Rió bajo, con la boca roja, y lamió lo que podía alcanzar; lo demás lo dejó correr sobre la piel como un convite. Había en ella una generosidad obscena. Yo cruzaba y descruzaba las piernas. El roce de mis muslos ya era demasiado. El fotógrafo se movió a mi izquierda para encuadrar a Sofía y, al pasar, su brazo rozó el mío. Caliente. Tenso. Bajé la mirada un segundo y vi el bulto asomando contra la tela del pantalón, aún contenido, ya traicionado. Una chispa de orgullo me subió por el pecho. No era solo por Sofía. Me había mirado a mí antes de acercarse.
Cuando me tocó, ya estaba encendida. Me desnudé delante de él con deliberada lentitud: primero la blusa, después el sujetador, después la falda y la braga, que ya traía una sombra húmeda. El aire fresco me endureció los pezones de golpe. Él dejó de disparar un segundo. Solo un segundo. Pero bastó. Sus ojos bajaron por mi vientre, por el triángulo oscuro, por el brillo que no pude esconder del todo en los muslos interiores. Apretó la mandíbula y levantó la cámara como quien se agarra a un salvavidas.
De rodillas sobre el negro, media naranja en las manos, me la llevé a la boca como quien besa. El ácido me abrió la lengua, me hizo entrecerrar los ojos. Apreté. El zumo estalló: labios, barbilla, pecho. Lo sentí bajar frío entre los pechos, rodearme un pezón, deslizarse hasta el vientre y detenerse temblando en el borde de lo que la cámara no enseñaba del todo. Chupé la pulpa. Dejé que me llenara. Cada obturador era un dedo invisible en la nuca. Me arqueé un poco más de lo necesario. Separé un poco más las rodillas. La humedad ya no era una insinuación: me pegaba al sexo, me obligaba a moverme mínimo, a frotarme apenas contra el aire.
—Así —murmuró él, la voz más grave—. Más despacio. Con la lengua.
Obedecí. Saqué la lengua, lamiendo el interior de la naranja, dejando que el zumo me chorreara por la muñeca. Lo miré por encima de la fruta. Su pantalón ya no mentía: la erección se le marcaba entera, gruesa, dura, empujando la tela hacia un lado. Se reacomodó con disimulo, sin conseguirlo. Un rubor le subía por el cuello. Seguí chupando, más honda, más ruidosa, y vi cómo se le tensaba la mano en el objetivo. El orgullo me inundó caliente, más denso que el ácido en la boca. Yo. Era yo quien lo tenía así. Mi boca, mi pecho manchado, mis rodillas abiertas, mi forma de mirarlo mientras la fruta me llenaba. Apreté los muslos un instante y un escalofrío dulce me subió hasta la garganta. Casi gimo. Lo disfracé en un suspiro que él capturó con un click largo, deliberado.
Martina llegó al final con su timidez encendida. El camisón de seda blanca era una mentira transparente. Abrió la granada y se llevó los granos a la boca con dedos que le fallaban un poco. Los aplastó. El rojo le salió por la boca: barbilla, cuello, seda empapada justo encima de los pechos. Cerró los ojos. Después siguió, más manchada, la lengua buscando el último jugo. Cuando los abrió, tenía la mirada húmeda, lenta, ofrecida. El fotógrafo la retrató, sí, pero su cuerpo seguía medio vuelto hacia mí, como si mi olor a naranja y a sexo le retuviera la brújula. Cada vez que yo cambiaba de pose al fondo —limpiándome el pecho con dos dedos, lamiéndome el labio, recogiendo una gota del vientre—, él se empalmaba un poco más. Lo vi. Y me encantó.
La sesión fue un vaivén de frutas y cuerpos, de zumo en la piel y de órdenes suaves que sonaban a caricia. Nadie nombró el deseo, pero estaba en todas partes: en la boca de Ingrid, en el rojo de Sofía, en el camisón de Martina, en mis rodillas abiertas de más. Y en él. Sobre todo en él. En la forma en que se agachaba delante de mí y la tela le dibujaba la dureza a centímetros de mi cara. En el temblor mínimo del obturador cuando yo gemía bajito al morder la pulpa. En cómo, al ajustarme un mechón apartándolo del pecho mojado, se le escapó un «joder» apenas audible. Sonreí. Orgullosa. Mojada. Poderosa.
Al terminar, el estudio olía a nosotras y a fruta herida. Nos limpiamos despacio. Él apagaba luces con la camisa por fuera del pantalón, inútil disimulo. Cuando le entregué la naranja a medias comida, nuestros dedos se tocaron y su erección dio un latido visible. Me miró. Yo sostuve la mirada, me pasé el pulgar por el labio inferior todavía pegajoso, y le dije solo con los ojos: lo sé. Me gusta.
En la calle, el roce de la ropa me castigaba con ternura. Cada paso un recordatorio húmedo. Cada recuerdo de su bulto tenso, un orgullo que me volvía a encender.
Ahora estoy sola en mi habitación y las fotos arden en la pantalla. Ingrid, la boca llena. Sofía, el rojo bajándole por el pecho. Martina, la granada, la seda manchada. Y yo: de rodillas, la naranja aplastada, el zumo dibujándome los pezones, los ojos entrecerrados mirando justo a él, justo a la cámara, sabiendo lo que le hacía debajo del cinturón.
La mano baja sin teatro. Abro las piernas sobre la silla, aparto la braga empapada y me encuentro mojada desde hace horas. Me acaricio despacio mientras repaso su mandíbula apretada, el contorno duro contra el pantalón, la voz ronca pidiéndome más lengua. Dos dedos dentro. El pulgar donde más hace falta. La cadera busca el ritmo que en el estudio tuve que morder.
Gimo bajo. Pienso en su erección creciendo solo para mí, en el orgullo caliente de saber que mi boca con fruta bastaba para poner duro a un hombre que debía limitarse a mirar. Aprieto. Abro más. El recuerdo del zumo frío en el pecho se mezcla con el calor de mis dedos y con la imagen de su pantalón traicionándolo.
Llego en silencio primero, y después con un temblor que me dobla la espalda, contrayéndome alrededor de los dedos, la mirada clavada en la foto donde mi boca aún abraza la naranja y mis ojos lo desafían. El placer me sale largo, dulce, inevitable: la cosecha de su deseo y del mío, del orgullo de haberlo empalmado sin tocarlo, solo con la piel, el ácido y la gana.
Me quedo jadeando, los dedos lentos, el gusto a fruta y a poder todavía cruzándome la boca. Más íntimo que cualquier estudio. Más mío.