Sola en esta habitación que huele a sábanas limpias y a noche prometedora, el mundo afuera se desvanece y solo quedamos él y yo: el hotel y mi deseo.
Querido diario, hoy el silencio del Hotel Dulce Hotel se volvió mi mejor compañía. Caminé descalza sobre la moqueta suave, abrí las cortinas y dejé que la luz dorada del atardecer me abrazara. Me sentí bonita, libre, un poco traviesa.
Me quité el vestido lentamente, como si alguien me estuviera mirando con ternura. Me tumbé en la cama enorme, rodeada de almohadas mullidas, y empecé a acariciarme con suavidad, imaginando que eran sus manos las que recorrían mi piel. Cada roce era dulce, cada suspiro un secreto guardado entre estas cuatro paredes.
Poco a poco el calor fue creciendo. Abracé la almohada con fuerza, la apreté contra mi cuerpo y me moví contra ella con una mezcla de necesidad y cariño, como si estuviera haciendo el amor con un amante paciente y entregado. Gemí bajito, casi en susurros, dejando que el placer me envolviera como una manta cálida. No había prisa. Solo yo, mi cuerpo y esta habitación que guardará para siempre este momento tan íntimo y bonito.
Cuando todo terminó, me quedé sonriendo, abrazada a la almohada, sintiendo el corazón todavía acelerado y el alma llena de dulzura. Mañana volveré a casa, pero esta noche… esta noche el Hotel Dulce Hotel fue solo mío.
A veces la mayor intimidad nace cuando nadie más está mirando.
Buenas noches, diario. Mañana seguiré escribiendo mis pequeños secretos.