Esta tarde el arte se ha vuelto un poquito travieso y nuestras lenguas han contado más de lo que nunca imaginamos.
Llegué al estudio con una mezcla extraña de nervios y curiosidad. El fotógrafo nos explicó que quería algo muy sencillo y muy íntimo a la vez: solo primerosísimos planos de nuestras caras, centrados exclusivamente en la boca y en la lengua. Nada de cuerpos, nada de ropa, solo eso. Un posado artístico, limpio y concentrado. Nos miramos las cuatro con una sonrisa nerviosa y nos fuimos turnando frente a la cámara.
Cuando me tocó a mí me sentí extrañamente dulce. Saqué la lengua despacio, como si estuviera probando algo suave y desconocido. La moví con calma, la curvaba un poco, la dejaba brillar bajo la luz. No era una pose provocadora, era más bien juguetona y suave. El fotógrafo murmuraba palabras de aliento y yo me dejaba llevar, sintiéndome femenina y un poco expuesta, pero de una forma bonita.
Martina fue la siguiente y se notó enseguida lo mucho que le costaba. Se puso roja hasta las orejas. Su boquita se abría y se cerraba varias veces antes de atreverse. Cuando por fin asomó su lengüita rosada, lo hizo con una timidez tan grande que casi parecía que estaba revelando un secreto demasiado íntimo. La lengua le tembló un poco al principio, pero se quedó ahí, pequeña y obediente. Nosotras la miramos con ternura y yo le sonreí para que supiera que estaba preciosa. Ella me devolvió una sonrisa avergonzada que me enterneció el corazón.
Sofía, en cambio, parecía estar en su salsa. Sacó la lengua con una lentitud deliberada, casi sensual, curvándola como si estuviera saboreando algo rico y secreto. Cada movimiento era pausado, consciente, como si quisiera que la cámara captara cada segundo de esa caricia lenta. Verla así me produjo un calorcito suave en el estómago.
Ingrid fue la más valiente, como siempre. Abrió la boca sin ninguna duda, sacó la lengua gruesa y jugosa bien afuera y nos miró con esa carita pícara que pone cuando sabe que está siendo la más desinhibida del grupo. No había ni rastro de vergüenza en ella, solo diversión y ese brillo travieso en los ojos que siempre la delata.
Cuando terminamos las fotos nos sentamos en el sofá del estudio con unas tazas de té. El ambiente estaba cargado de algo suave y eléctrico a la vez. Fue Sofía quien empezó a hablar bajito, casi como si estuviéramos compartiendo secretos de dormitorio. Poco a poco la conversación fue girando hacia lo que todas teníamos en la cabeza: cómo usamos esa misma lengua cuando estamos con un chico.
Martina fue la primera en abrirse, aunque le costó horrores. Hablaba casi en susurros, mirando su taza. Dijo que cuando está con su novio lo hace muy despacio y con mucho cuidado. Que usa sobre todo los labios, suaves y cerrados, y que la lengua casi no la mueve porque le da vergüenza que se note que no sabe bien cómo hacerlo. A veces la pasa un poquito por debajo, pero muy tímidamente, y prefiere chupar suave y lento para no equivocarse. La escuchábamos con cariño, porque se le notaba lo mucho que le costaba contar incluso eso.
Sofía sonrió con esa sonrisa lenta que tiene y se animó a contar más. Dijo que a ella le encanta empezar desde abajo, pasando la lengua bien plana y despacio por toda la longitud, como si estuviera lamiendo un helado que se derrite. Después sube hasta la punta y le da vueltas suaves con la lengua, rodeándola entera, presionando un poco con la parte de arriba de la lengua mientras succiona. Me contó que le gusta mirarlo a los ojos mientras lo hace y notar cómo late contra su lengua. Hablaba con una sensualidad natural que me hizo sonrojar un poco.
Ingrid, como era de esperar, fue mucho más directa. Nos contó que una vez se había encargado de dos chicos a la vez y que le había encantado tener que repartir la lengua entre los dos. Dijo que le gusta usar toda la lengua: que la pasa por los huevos, que lame por debajo con movimientos largos y húmedos, y que cuando está muy excitada se pone un poco más rápida y deja que chorree saliva para que todo esté más resbaladizo. También dijo que le gusta presionar con la lengua justo donde más siente él, y que cuando hay dos alterna entre chupar profundo a uno y lamer al otro con la lengua extendida. Nosotras la mirábamos con los ojos muy abiertos.
Yo me quedé pensando un rato antes de hablar. Al final conté lo mío con la voz bajita. Dije que a mí me gusta mezclar. Que a veces empiezo dándole besitos suaves en la punta y lametones pequeños y rápidos solo con la puntita de la lengua, como jugando. Otras veces prefiero chupar más profundo y mover la lengua dentro de la boca, haciendo círculos o pasándola de lado a lado mientras subo y bajo. Que depende del día y de cómo me sienta yo. Que a veces quiero ser más tierna y otras veces un poco más juguetona.
El tema derivó, casi sin darnos cuenta, hacia lo que pasa al final. Martina negó con la cabeza, todavía colorada, y dijo bajito que a ella ni siquiera le gusta tocarlo, que prefiere que se corra en cualquier otro sitio menos en su boca. Sofía se rio suavemente y confesó que ella tiene mucha suerte porque casi todos quieren corrérsele en las tetas y que le encanta sentirlo caliente y espeso resbalando por su piel. Yo admití que a veces me gusta en la cara y otras veces no tanto, pero que cuando lo he probado en la boca no está tan mal como pensaba, sobre todo si el chico ha sido dulce conmigo.
Ingrid nos miró a las tres y repitió, esta vez más despacio, casi como si quisiera que nos quedara grabado:
Si un hombre te ha follado bien de verdad, hay que tragárselo todo y dejarle la polla bien limpita con la lengua. Si haces eso por él, luego puedes pedirle lo que quieras… y te lo dará.
Me vine a casa con la cabeza llena de imágenes. De las cuatro lenguas rosadas y brillantes bajo la luz del estudio. De la timidez de Martina, de la lentitud y los movimientos conscientes de Sofía, de la confianza y la energía de Ingrid y de mis propias sensaciones mezcladas. Escucharlas hablar así, con esa confianza entre nosotras, me hizo sentir más cerca de ellas y también un poquito más mujer. Mi lengua sigue teniendo un sabor raro, como si todavía recordara la postura del posado y todas las cosas que después confesamos.
A veces pienso que una cosa tan pequeña y suave como la lengua puede guardar tantísimos secretos… y también puede dar tantísimo placer cuando se atreve a salir.