Nunca imaginé que el día de la boda de mi mejor amiga acabaría con el corazón latiéndome en la garganta, el vestido rojo un poco arrugado y una sonrisa que no podía borrar ni aunque quisiera.
M e miré al espejo una última vez antes de salir. El vestido rojo se ceñía a mi cuerpo menuda como si me hubiera sido hecho a medida, resaltando cada curva suave, dejando ver la piel clara salpicada de pecas en hombros y escote. El pelo castaño oscuro caía en ondas largas sobre la espalda y los ojos marrones me devolvían una mirada dulce, un poco tímida, pero llena de esa curiosidad que siempre me traiciona. Me gustaba sentirme deseada. Me gustaba notar las miradas encima, ese calorcito que sube por el pecho cuando alguien se queda unos segundos de más observándote. Aquella noche quería exactamente eso.
La ceremonia fue preciosa. Mi mejor amiga radiante, el novio emocionado, todo el mundo con los ojos brillantes. Yo solo pensaba en no tropezar con los tacones y en sonreír para las fotos. Pero en el momento del brindis lo vi a él: el hermano del novio. Alto, traje oscuro impecable, sonrisa fácil y una forma de mirarme que me hizo apretar un poco más la copa entre los dedos. No hizo falta que dijéramos casi nada. Bastó un “¿bailamos?” susurrado cerca de mi oído mientras la música empezaba a ponerse más animada.
Salimos a la pista y el mundo se redujo a sus manos en mi cintura y la mía en su hombro. Bailamos pegados, demasiado pegados para ser solo un baile de cortesía. Girábamos despacio, luego más rápido, riendo, rozándonos sin disimulo. En un momento dado me giró de espaldas contra su pecho, sus labios rozaron mi cuello y yo eché la cabeza hacia atrás, ofreciéndome sin pensarlo. La gente empezó a mirar. Alguien silbó. Mi mejor amiga, desde la mesa nupcial, se tapó la boca con la mano pero se le veía la sonrisa cómplice. Menudo numerito estábamos dando. Y no nos importaba nada.
Sus dedos subieron por mi espalda desnuda y yo supe que aquella noche no iba a quedarse solo en un baile.
Cuando la canción terminó me tomó de la mano y me llevó entre risas hacia el pasillo que conducía a los baños. El corazón me latía tan fuerte que casi no oía la música lejana. Empujamos la puerta del baño de invitados, comprobamos que estábamos solos y en cuanto el pestillo hizo clic sus labios estaban sobre los míos. Besos urgentes, dulces y hambrientos al mismo tiempo. Sus manos recorrían el vestido rojo, subiendo la tela por mis muslos mientras yo le desabrochaba la chaqueta del traje con dedos torpes de emoción.
Me arrodillé delante de él sin que nadie tuviera que pedírmelo. El mármol frío del suelo contrastaba con el calor que me subía por el cuello. Deslicé las manos por sus muslos, abrí el pantalón con cuidado y lo saqué libre, ya duro y caliente entre mis dedos. Lo miré un segundo desde abajo, tímida y deseosa a la vez, y luego lo acerqué a mi boca. Lo besé primero con los labios suaves, saboreando la piel limpia y salada, y después lo abracé con la lengua, lenta, humedeciéndolo entero antes de empezar a chuparlo de verdad. Subía y bajaba la cabeza con ritmo dulce, a veces más profundo, a veces solo jugueteando con la punta mientras lo miraba a los ojos. Él gemía bajo, una mano enredada en mi pelo castaño, sin empujar, solo acariciando, dejándome hacer a mi aire. Me encantaba sentirlo latir contra mi lengua, notar cómo se ponía todavía más duro mientras yo lo mimaba con la boca, con las mejillas hundidas, con esa mezcla de inocencia y ganas que siempre me sale sin querer. Babeaba un poco, no me importaba; dejaba que la saliva brillara en la longitud mientras lo masturbaba despacio con la mano libre y volvía a engullirlo hasta donde podía. Cada gemido suyo me hacía más mojada, más entregada.
Allí arrodillada, con el vestido rojo extendido alrededor de mis rodillas y él temblando por mí, me sentí más deseada que nunca.
Cuando noté que estaba al borde lo solté con un último beso húmedo en la punta y me levanté. Él me giró con suavidad, me subió el vestido hasta la cintura, me bajó la braguita y me alzó un poco para sentarme en el borde del lavabo. Me abrió las piernas con cuidado, se colocó entre ellas y entró en mí de un embiste lento y profundo que me arrancó un suspiro ahogado contra su hombro. Empezó a follarme con ganas, sin prisa pero sin parar, agarrándome de la cintura mientras yo me aferraba a su cuello. El sonido húmedo de nuestros cuerpos, el roce del traje contra mi piel desnuda, el espejo empañado a mi espalda… todo se volvió borroso y dulce. Me besaba el cuello, me mordisqueaba el lóbulo de la oreja y me decía lo preciosa que estaba, lo rica que me sentía. Yo solo podía contestar con gemidos suaves y con las uñas clavándose un poco en su espalda. Me corría primero, apretándolo fuerte dentro, temblando, y él me siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándome con un gemido grave que me hizo venirme otra vez de pura emoción.
Nos quedamos abrazados un rato, respirando agitados, riéndonos bajito como dos culpables felices. Me limpió con ternura, me bajó el vestido, me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me dio un último beso en la frente.
Salimos del baño cogidos de la mano unos segundos, lo justo para que todo el mundo que estaba cerca entendiera el numerito. Volvimos a la pista despeinados, sonrojados y sonriendo como idiotas. Mi mejor amiga me lanzó una mirada de reojo, levantó la copa en mi dirección y yo le devolví el brindis con una mueca pícara.
Era su noche, por supuesto.
Pero yo también me llevaba un recuerdo dulce, caliente e imposible de olvidar.