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Relato 01

La cueva

22 de junio de 2026 15 fotos 12 vídeos

Después de todo el día en calblanque me quedé tan caliente que no podía estar quieta en casa.

Llamé a Ingrid. Con ella siempre pasa algo cuando las dos estamos así de encendidas. Le conté lo de Mateo, las fotos, lo cachonda que me había dejado todo el día y me dijo que saliera con ella. Nos pusimos dos vestidos transparentes —el mío blanco y el suyo negro— y nos fuimos directas a la playa. La noche estaba preciosa, con la luna llena reflejándose en el mar y las luces de las chiringuitas.

Nos sentamos en una mesa de madera cerca del agua. Pedimos cervezas y enseguida se nos acercaron dos chicos. Uno moreno, con barba corta y cuerpo de gimnasio, todo músculo y mirada intensa. El otro rubio, de ojos azules claros, más joven, con el pelo revuelto y una sonrisa tímida. Nos miramos las dos y sin decir nada nos repartimos. Ingrid se quedó con el moreno. Yo me quedé con el rubio.

Hablamos un rato, reímos, jugamos a cartas… pero se notaba la tensión. El rubio me miraba el vestido transparente como si quisiera comérmelo. En un momento me incliné hacia él y le susurré al oído que me apetecía mucho ir a nadar. Se levantó tan rápido que casi tira la silla.

Nadé hasta una pequeña cueva que se forma entre las rocas cuando hay marea baja. El agua estaba templada y dentro se oía el eco del mar. Apenas habíamos entrado cuando me giré hacia él, me quité el vestido por la cabeza y me quedé completamente desnuda. Le cogí de la mano y lo puse de rodillas en el agua. Le abrí las piernas y le empujé la cabeza entre mis muslos.

—Lámeme —le dije bajito.

Y lo hizo. Con ganas. Yo le cogía del pelo rubio y le guiaba, moviendo las caderas contra su boca. Cuando metió los dedos me corrí casi enseguida, pero no me bastó. Quería más. Le hice tumbarse en una roca que había dentro de la cueva, con el agua cubriéndole hasta la cintura, y me senté encima de él. Le cogí la polla (no era especialmente grande, pero estaba durísima) y me la metí despacio. Empecé a moverme como quería, controlando el ritmo, apretando, girando las caderas. Él intentaba cogerme de la cintura pero yo le apartaba las manos.

—Quieto —le ordené—. Hoy eres mío.

Y lo usé. Me corrí dos veces más así, follándome su polla como si fuera un juguete. Cada vez que me corría sentía cómo el agua se movía a nuestro alrededor y el eco de mis gemidos rebotaba en las paredes de la cueva. Fue un polvazo precioso. No porque él fuera un gran amante, sino porque yo sabía exactamente lo que necesitaba y se lo cogí sin pedir permiso.

Cuando ya estaba satisfecha, me bajé de él, me arrodillé en el agua y le cogí la polla con las dos manos. Se la metí en la boca despacio, saboreando mi propio sabor mezclado con el suyo. Le chupé con calma al principio, luego más profundo, más húmedo, con ganas. Le cogía las pelotas con una mano mientras con la otra me masturbaba un poco. Quería que se corriera mucho. Quería que se acordara de mí toda la vida.

Y se corrió muchísimo.

La primera ráfaga me llenó la boca. Me corrí un poco hacia atrás y la segunda me cayó en los labios y la barbilla. Todavía me pongo cachonda cuando veo la foto que él me hizo justo después: yo sonriendo con el semen goteándome de los labios, la luna detrás y el agua brillante en mi piel. Me quedé un rato así, lamiéndomelo de los dedos, mientras él me miraba como si hubiera visto a Dios.

Mientras tanto, Ingrid se había quedado en la playa. El moreno se la estaba follando a cuatro patas en la arena, delante de todo el mundo. Yo, desde la cueva, veía cómo le cogía de las caderas y se la metía hasta el fondo. Ingrid chorreaba. Se le veían los muslos brillantes. Cada vez que él embestía fuerte ella soltaba un gemido que se oía hasta donde yo estaba. El moreno estaba buenísimo: espalda ancha, brazos fuertes, barba oscura contra su piel. La follaba como si nadie más existiera en la playa. Ingrid se corrió gritando su nombre. Fue precioso de ver.

Cuando volví a la orilla, Ingrid y yo nos miramos y nos reímos las dos. Las dos con el pelo mojado, las dos con sabor a hombre en la boca, las dos con el coño latiendo y feliz.

Me acosté esa noche pensando en lo raro y lo bonito que es el sexo a veces. Que un día empieces con un amigo que te hace fotos esperando follarte y termines en una cueva con un chico rubio al que usas para darte placer, mientras tu amiga se corre en mitad de la playa con un moreno que la destroza a gusto de todos.

El mar de noche tiene algo mágico. El agua te envuelve, te refresca la piel después de correrte, y todo parece más intenso, más secreto y más libre al mismo tiempo.

Qué día tan estupendo.

El relato

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