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Relato 04

La gasolinera

2 de julio de 2026 24 fotos 21 vídeos

El sol pegaba tan fuerte aquella tarde en la gasolinera que hasta el asfalto parecía sudar, pero nada me preparó para lo que fue grabar aquel reportaje fotográfico con Ingrid y Alejandro.

Ingrid y yo llegamos juntas, las dos modelos para esta campaña tan especial de la marca de gasolineras. Ella, con su pelo rubio largo cayendo como una cascada dorada sobre los hombros, sus piernitas largas y esa risa contagiosa que siempre me pone nerviosa de la buena. Yo, morena, con mis pecas y el pelo oscuro revuelto por el viento. Y entonces apareció él: Alejandro. Más de metro noventa de puro músculo, torso ancho como una pared, brazos gruesos y venosos, abdominales marcados que se movían con cada respiración. Llevaba solo unos vaqueros bajos que le marcaban la polla incluso cuando estaba relajado. Estaba sudado, la piel brillante, con gotas que le resbalaban por el cuello, por el pecho, por ese surco que baja hasta la cinturilla. Cuando nos miró a las dos, su sonrisa fue lenta y profesional… pero sus ojos oscuros se quedaron un segundo de más en nuestros pechos y en nuestras piernas. “Listas para calentar un poco la gasolinera, chicas?”, dijo con esa voz grave y ronca que me llegó directo entre las piernas y me hizo apretar los muslos sin darme cuenta.

El fotógrafo nos explicó el concepto: sensual, veraniego, un poco provocador. Agua, calor, cuerpos. Empezamos con escenas de agua. Alejandro cogió una botella y empezó a vertérmela por los hombros. El agua fría contra mi camiseta blanca fue un shock delicioso. Se me pegó al pecho, mis pezones se endurecieron al instante y se marcaron duros y oscuros. Él no apartó la mirada ni un segundo. “Perfecto, así”, murmuró el fotógrafo. Ingrid se acercó por detrás y me rodeó la cintura con sus manos suaves, apoyando su barbilla en mi hombro mientras Alejandro seguía echándome agua directamente sobre los pechos. Podía sentir su respiración caliente en mi cuello. “Estás temblando”, me susurró Ingrid al oído, y se rio bajito. Yo también me reí, pero por dentro estaba ardiendo. Sentía cómo el agua fría me bajaba por la barriga y se me colaba dentro de las braguitas.

Cada gota que caía por mis pechos parecía una caricia que no terminaba nunca.

Luego nos turnamos. Vi cómo le echaba agua a Ingrid, cómo el líquido resbalaba por su piel clara, por sus pechos pequeños y bonitos, cómo ella cerraba los ojos y se mordía el labio inferior. Alejandro la sujetó por la cintura con una de sus manos grandes mientras con la otra dirigía el chorro. Sus dedos casi le rozaban la parte baja de los pechos. Yo me mordía la lengua mirando. ¿Te imaginas lo que se me pasó por la cabeza en ese momento? Porque yo sí que me lo imaginé… sus manos grandes y fuertes bajando más, metiéndose dentro de sus braguitas ahí mismo contra la pared.

El momento del aceite fue el más intenso y el más sucio de todos. Nos mandaron arrodillarnos las dos en el suelo de la gasolinera. Alguien trajo un bidón de aceite de motor negro y espeso. El primer chorro frío y denso me cayó sobre los pechos y me hizo arquear la espalda. Era espeso, resbaladizo, negro, y se extendía lento por mi piel como una caricia sucia. Ingrid y yo nos miramos, nos echamos aceite por los pechos, por la barriga, por los muslos. El aceite nos hacía brillar bajo el sol, nos volvía brillantes y obscenas. Nos reíamos, pero cada vez que nuestras manos resbalaban por la piel de la otra, el ambiente se ponía más cargado. Alejandro se arrodilló con nosotros. Se quitó la camiseta y nosotras dos, sin que nadie nos lo pidiera, le echamos aceite por el pecho ancho, por los abdominales duros, por los brazos gruesos. El aceite bajaba por su piel morena, marcando cada músculo, cada vena. Se veía aún más grande, más fuerte, más macho. Nos puso las manos en la nuca a las dos y nos acercó para un beso triple. Sus labios primero en los míos, duros y suaves a la vez, con sabor a sudor y a hombre. Luego en los de Ingrid. Nosotras dos también nos besamos delante de él, lenguas fuera, brillantes de aceite, mirándolo a los ojos. Sus manos grandes, ahora también llenas de aceite, nos acariciaban la espalda, bajaban hasta nuestras nalgas y nos apretaban contra él. Yo sentía su polla durísima contra mi cadera a través de los vaqueros. Estaba tan dura que se marcaba perfectamente. Ingrid la rozó “sin querer” con la mano llena de aceite y me miró con una sonrisita traviesa y cachonda.

“¿Te gusta lo que ves?”, me preguntó en voz baja mientras el fotógrafo cambiaba de ángulo. Yo solo pude asentir, con el corazón a mil y el coño palpitando.

Más tarde me levantó en brazos contra la pared, como si no pesara nada. Sus brazos gruesos y aceitosos me rodearon las piernas y me subieron con facilidad. Mis piernas rodearon su cintura ancha, mis pechos desnudos y brillantes de aceite se apretaron contra su pecho duro y resbaladizo. Me besó despacio, profundo, mientras Ingrid se pegaba a su espalda y me acariciaba los costados, los pechos, pellizcándome los pezones con sus dedos resbaladizos. El aceite hacía que todo se deslizara de una forma obscena y deliciosa. Sentía la polla de Alejandro, gruesa y dura, justo contra mi coño, solo la tela de los vaqueros empapados de aceite separándonos. Me moví un poquito, sin poder evitarlo, y él gruñó bajito contra mi boca. El sonido me llegó directo al clítoris. Ingrid nos besaba el cuello a los dos, sus manos resbalando por nuestros cuerpos brillantes. Yo estaba empapada, no solo de aceite. Sentía cómo mi coño se contraía solo con rozarlo. Quería más. Quería que me bajara los vaqueros y me follara ahí mismo, con Ingrid mirando o participando. Pero la cámara seguía disparando.

El reportaje duró horas. Poses cada vez más cercanas, más íntimas, más sucias. Manos en sitios que no eran solo “para la foto”. Besos que duraban demasiado. Cuerpos resbalando unos contra otros cubiertos de aceite. Miradas que decían todo lo que no podíamos hacer delante de las cámaras.

Cuando por fin terminamos, los tres estábamos sudados, brillantes de aceite negro, excitados hasta el límite. Nos abrazamos los tres, riendo bajito, pero con una tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Ingrid me miró por encima del hombro de Alejandro y me guiñó un ojo, mordiéndose el labio. Yo me toqué disimuladamente por debajo de la toalla mientras nos secábamos, sintiendo lo mojada y sensible que estaba. El aceite seguía en mi piel, resbaladizo, recordándome todo lo que había pasado.

Alejandro se despidió con un beso en la mejilla a cada una que duró un segundo de más. Sus labios se quedaron un instante contra mi piel y sentí su aliento caliente. “Habéis sido increíbles, chicas. De verdad.”

Ahora, mientras escribo esto en mi diario con una mano, la otra metida entre mis piernas recordando cada detalle… no puedo dejar de pensar en lo que habría pasado si la cámara se hubiera apagado. ¿Te imaginas, lector? ¿Te imaginas a Ingrid arrodillada delante de mí mientras Alejandro me besaba con la boca llena de aceite? ¿Te imaginas sus dedos gruesos y resbaladizos metiéndose dentro de las dos a la vez, abriéndonos, follándonos con la mano mientras nosotras nos besábamos? Porque yo me lo estoy imaginando ahora mismo… y me estoy tocando pensando en ello, con el aceite todavía en la piel y el coño empapado.

¿Tú también te estás tocando mientras lees esto?

El reportaje fue solo eso: un reportaje. Muy caliente. Muy sugerente. Muy sucio. Pero nosotras dos (Ingrid y yo) no follamos con él… aunque Dios sabe que las dos queríamos. Y que todavía queremos. Cada vez que me ducho y me queda un poco de ese olor a aceite de motor, me acuerdo y me mojo otra vez.

El relato

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