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Relato 05

La puta de Ingrid

2 de julio de 2026 2 fotos 9 vídeos

Esta tarde, mientras el sol todavía calentaba la ventana de mi habitación, abrí el mensaje de Ingrid y el mundo se me paró un segundo.

Mi Ingrid, la de veintitrés años, dos más que yo, la amiga más puta y más dulce que tengo, me había mandado su última sesión de fotos. O debería decir su última sesión de “déjame que te use como quieras”. Porque eso es lo que hace siempre. Sonríe con esa boquita rosada, se quita la ropa sin que nadie se lo pida dos veces y se entrega. A veces la critico por dentro, me digo que es demasiado complaciente, que debería ponerse límites, que un día alguien se va a aprovechar de verdad… pero luego veo cómo brilla cuando se deja tocar y no puedo evitar quererla más. Es como si necesitara que la usen para sentirse viva. Y yo, que a veces dudo de todo, la miro y me pregunto si ella tiene razón y yo me estoy perdiendo algo.

En el primer vídeo la vi en la playa, al atardecer, con la arena pegada a la piel como si fuera polvo de oro. Él era alto, moreno, con ese cuerpo ancho de hombros y cintura estrecha que parece hecho para cargar mujeres. La tenía entre sus brazos, las manos llenas de arena acariciándole los pechos despacio, como si estuviera pintando con ella. Ingrid sonreía con los ojos entrecerrados, la cabeza echada hacia atrás, dejando que la tocara donde quisiera. “Esto se siente tan bien”, se leía en sus labios. Y yo, mirando la pantalla, no pude evitar imaginarme a mí misma en su lugar… pero también imaginándome a mí haciendo otras cosas. Le lamería la sal del cuello, le mordería el hombro con suavidad, le diría al oído que se corra dentro de mí si quiere… pero luego le pediría que me ponga de rodillas y me folle la boca hasta que las lágrimas me salieran por las comisuras. Cosas que harían que cualquier mujer se mojara solo de pensarlo.

Después vino la cama de lujo, con el mar de fondo y la luz naranja entrando por la ventana. La vi vendada con seda negra, las muñecas atadas a la cabecera con lazos bonitos, como si fuera un regalo. Él la tocaba despacio, con las manos grandes y fuertes, recorriéndole los pechos, la barriga, bajando hasta donde ella ya estaba empapada. Ingrid gemía bajito, arqueando la espalda, ofreciéndose. Tan complaciente. Tan dispuesta a que la usaran. A veces me enfado un poco con ella por eso… pero otras veces solo quiero ser ella durante un rato. Dejar que un hombre así me venda los ojos y decida qué hacer conmigo. O al revés: atarlo yo, sentarme encima y frotarme contra él hasta que suplique. Me pone pensar en las dos cosas a la vez.

En otro vídeo lo vi follarla de verdad. No fue suave. Fue con ganas, profundo, como si se hubiera guardado todo el día para eso. Ingrid lo recibía con las piernas abiertas y esa sonrisa que tiene cuando está siendo muy puta. Gemía su nombre, le pedía más, le decía “no pares”. Y él no paraba. La follaba como si ella le perteneciera en ese momento. Y ella se lo permitía todo. Siempre se lo permite todo.

Pero lo que más me removió fue el final. El primer plano de su cara preciosa, rubia, con las mejillas sonrosadas y los labios brillantes. Tenía la lengua fuera, bien extendida, y la leche de él cayéndole despacio, espesa, caliente, resbalando por su barbilla y goteando sobre sus pechos. Ingrid no se apartaba. Al contrario. Cerraba los ojos como si estuviera saboreando un postre caro. Dejaba que se corriera en su boquita como si fuera lo más natural del mundo. Como si le encantara ser usada hasta el final. Y yo, con el teléfono en la mano, sentí un calor bajarme por la barriga tan fuerte que tuve que apretar las piernas.

No sé si criticarla o envidiarla. Porque mientras la veía tragar lo último que le quedaba en la lengua, no podía dejar de pensar en ese tío tan bueno, en lo que yo le haría si estuviera allí. Le besaría el pecho lleno de arena hasta limpiarlo entero con la boca. Le lamería cada gota de sudor. Me arrodillaría y le chuparía hasta que se pusiera duro otra vez, pero no se lo metería dentro todavía. Le diría que espere. Le ataría las muñecas con mis propias bragas y me sentaría encima, frotándome contra él despacio, mirándolo a los ojos, hasta que suplicara. Luego le quitaría la venda y le dejaría que me follara la boca como se la folló a ella… pero más lento, más cruel, hasta que yo también tuviera la cara llena de él. Cosas que harían que cualquier mujer se toque sin poder evitarlo. Cosas que yo misma me estoy tocando ahora mismo mientras escribo esto.

Mi Ingrid, tan puta, tan dulce, tan complaciente. A veces pienso que es demasiado. Otras veces pienso que quizá debería aprender un poco de ella. Porque verla así, tan entregada, tan feliz siendo usada por un hombre que parecía adorarla y poseerla al mismo tiempo… me ha dejado con el cuerpo caliente y la cabeza llena de ideas que no me dejan dormir.

Y lo peor de todo es que ya le he contestado. Le he dicho que las fotos estaban preciosas. Que el tío estaba buenísimo. Y que la próxima vez… quizá me apunte yo también.

Mientras tanto, sigo aquí, con las piernas apretadas y el teléfono todavía caliente en la mano, preguntándome si un día me atreveré a ser la mitad de puta que ella.

El relato

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