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Relato 01

El placer de leer

30 de julio de 2026 26 fotos 8 vídeos

Hay placeres que no necesitan ruido: solo una tarde larga, un libro entre las manos y el coño pidiéndote atención desde la primera página.

Me tumbé en el sofá con la novela que Sofía me había prestado, la de las páginas dobladas y las escenas subrayadas a lápiz. Llevaba solo un vestido fino y nada debajo, porque en casa me gusta ir así, libre, y el pelo suelto cayéndome sobre los hombros. Afuera hacía ese calor dulce de julio que lo vuelve todo más lento, más pegajoso, más sexual. Empecé a leer sin prisa, dejando que las palabras me fueran entrando despacio, como una polla que no tiene ninguna intención de acabar.

Leer también es una forma de dejarse follar.

La protagonista del libro se atrevía a todo lo que a mí todavía me da un poco de vergüenza decir en voz alta. Se la chupaba a un desconocido en la página treinta y para la sesenta ya la tenían contra la pared con las bragas en los tobillos. Noté cómo me mojaba sola, en mi salón, sin que nadie me tocara. Me reí bajito, mordiéndome el labio, y pasé la página con la yema de los dedos, despacio, como quien desabrocha un pantalón. El vestido se me había subido ya hasta medio muslo y yo lo subí un poco más, porque quería sentir el airecito del ventilador directamente en el coño mientras leía.

En una de las escenas, la protagonista se masturbaba pensando en alguien que no debía, con dos dedos dentro y el pulgar en el clítoris. Tuve que cerrar el libro un momento y respirar. Miré el techo, sonriendo como una zorra contenta, y pensé que los libros son unas cómplices maravillosas: no juzgan, no cuentan nada, solo te acompañan exactamente hasta donde tú quieres llegar. Volví a abrirlo. Esta vez mi mano libre ya no fue inocente: bajó directa entre mis piernas y encontró todo empapado.

Las páginas seguían y yo me tocaba con ellas. Dejé el libro abierto sobre mi pecho, subiendo y bajando con mi respiración, mientras me frotaba despacio, en círculos, igual que hacía ella en la novela. Qué sensación tan bonita la de no tener ninguna prisa, la de ser solo una chica caliente, un sofá y una historia que la va abriendo por dentro. Gemí bajito, con la boca húmeda, y me metí dos dedos hasta el fondo, moviéndolos al ritmo lento de mi lectura. El vestido terminó arrugado en mi cintura, las tetas fuera, los pezones duros rozando la tela.

Me encantó estar así de excitada por culpa de unas letras. Sentir cómo el cuerpo responde a la imaginación, cómo el coño se va poniendo más y más mojado con cada párrafo, cómo las caderas empiezan a moverse solas buscando más. Me follé con los dedos sin prisa, saliendo casi del todo y volviendo a entrar, y gemí más fuerte, ya sin cuidarme de nada. El libro resbaló hasta la alfombra y ninguna de las dos cosas me importó.

Cuando me corrí —con las piernas temblando y mi nombre inventado en los labios, porque en mi cabeza era el del libro quien me lo hacía— me quedé quieta, chorreando, con una sonrisa enorme y el corazón dulce. Recogí la novela del suelo, le alisé la portada con cariño y le di un beso pequeñito, como se besa a un amante que te ha dejado temblando. Se la devolvería a Sofía con un par de páginas más dobladas y alguna mancha que no sabría explicar.

Hay libros que se leen con los ojos, y otros que te hacen correrte.

Por la noche, Sofía me escribió: «¿Qué tal la novela?». Le contesté solo con un emoji sonrojado y la promesa de contárselo todo en persona, con calma y con pelos y señales. Porque algunas lecturas se disfrutan en soledad, con los dedos pringosos, pero se confiesan en buena compañía. Y yo ya sabía que esta tarde de libros iba a tener segunda parte, quizás con Sofía leyéndome en voz alta mientras yo le devolvía el favor con la lengua.

El relato

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