Hoy el aula olía a madera vieja, a carboncillo y a esa mezcla dulce de nervios y deseo que solo se siente cuando estás desnuda delante de tanta gente que te mira como si fueras un cuadro vivo.
El profesor nos había pedido que posáramos para los alumnos de bellas artes. «Sin ropa, chicas. Que se vea la luz sobre la piel». Sofía se rió bajito y se quitó la camiseta la primera. Martina lo hizo con esa elegancia suya que parece que hasta desnudarse es un baile. Ingrid, claro, se quedó en bragas negras de encaje solo para provocar. Yo me deslicé la ropa despacio, sintiendo cómo el aire fresco me rozaba la espalda y el culo.
Me senté en la mesa alta, de espaldas a la mayoría, las piernas recogidas, el pelo recogido en un moño desordenado. Desde allí podía oír los lápices raspando el papel y sentir las miradas clavadas en la curva de mi espalda, en la pequeña redondez de mi culo. Una de las chicas del curso se acercó a corregir la pose. Sus manos cálidas se posaron en mis caderas y luego, casi sin querer, se deslizaron un poco más abajo, apretando suavemente. Me tembló el vientre. No dije nada. Solo bajé la mirada y sonreí para mis adentros.
Ingrid estaba al otro lado de la sala, de pie, completamente desnuda. Su cuerpo pequeño y travieso brillaba bajo la luz de las ventanas altas. Cada vez que se giraba o se estiraba, se oían suspiros contenidos. Un chico de rizos oscuros tuvo que sentarse de golpe y cruzar las piernas. Ingrid lo miró, le sacó la lengua y se pasó una mano lenta por el pecho pequeño. Él se puso rojo hasta las orejas. Ella se inclinó hacia Sofía y le susurró algo que las hizo reír a las dos.
Martina era otra cosa. Estaba sentada en una silla alta, las piernas cruzadas con una gracia que parecía imposible estando desnuda. Su pelo rubio caía en ondas suaves sobre un hombro. Incluso sin ropa tenía esa elegancia que hace que uno quiera mirarla durante horas, como si fuera una estatua antigua que de pronto respira. Los alumnos dibujaban sus líneas largas con una devoción casi religiosa. Ella solo sonreía un poco, serena, dejando que la luz dibujara el contorno perfecto de sus pechos y la curva fina de su cintura.
Pero el centro de todo era Sofía.
Estaba sentada en el borde de la mesa grande, las piernas entreabiertas, el cuerpo bronceado y curvy brillando. Sus pechos… dios, sus pechos. Redondos, pesados, con pezones oscuros y sensibles que se endurecían cada vez que alguien se acercaba demasiado. Los chicos (y algunas chicas) se colocaban en los mejores ángulos posibles, inclinando la cabeza, agachándose, levantando el cuaderno como si necesitara ver mejor. Sofía lo sabía. Se mordía el labio inferior y a veces, cuando el profesor miraba hacia otro lado, abría un poco más las piernas. Solo un poco. Lo suficiente para que se viera el brillo suave entre sus labios, esas gotitas de humedad que ya no podía esconder.
Una vez se inclinó hacia delante, apoyando las manos en sus rodillas, y sus pechos colgaron pesados y perfectos. Un estudiante soltó un «joder…» tan bajito que casi no se oyó. Sofía levantó la vista, lo miró directamente a los ojos y sonrió con esa mezcla de picardía y dulzura que solo ella tiene. Luego, muy despacio, volvió a abrir las piernas un poco más. Yo desde mi sitio pude ver cómo una gotita se deslizaba por el pliegue interno de su muslo. Me apreté las piernas sin querer.
El tiempo pasó raro. A veces me olvidaba de que estaba desnuda. Otras veces sentía cada mirada como una caricia caliente en la piel. Cuando Ingrid se acercó a mí para «corregir» mi postura, me susurró al oído:
«Mira cómo te miran el culo, Nora… están todos duros y ni se atreven a decírtelo».
Me reí bajito, avergonzada y un poco excitada al mismo tiempo. Ella me dio un suave azote en una nalga y se fue riendo hacia donde estaba Sofía.
Al final de la sesión el profesor nos dijo que podíamos vestirnos, pero nadie se movió enseguida. Nos quedamos unos minutos más, todavía desnudas o en lencería, dejando que los últimos trazos se terminaran. Sofía se puso solo el sujetador de encaje negro y se quedó sentada así, las piernas todavía abiertas, dejando que la luz de la tarde acariciara la humedad que le brillaba entre las piernas. Martina se puso la bata blanca manchada de pintura encima de la piel desnuda, elegante incluso así. Ingrid se quedó en bragas y nada más, paseándose entre los caballetes como si el estudio fuera suyo.
Yo me vestí despacio. Todavía sentía las manos de aquella chica en mi culo y las miradas en mi espalda. Cuando salimos a la calle el aire fresco me hizo estremecer. Sofía me pasó el brazo por los hombros y me besó la sien.
—¿Has visto cómo se nos comían con los ojos? —me susurró—. Creo que algunos se van a correr pensando en nosotras esta noche.
Sonreí contra su hombro. El sol de la tarde nos envolvía y yo solo pensaba en lo dulce y lo sucio que había sido todo al mismo tiempo. En cómo Ingrid hacía que los chicos se pusieran duros solo con existir. En la elegancia imposible de Martina. En mi propio culo siendo dibujado una y otra vez. Y sobre todo en Sofía, abriendo las piernas juguetona para que todos pudieran ver esas gotitas brillantes que delataban lo mucho que le gustaba ser mirada.
Hoy he vuelto a casa con la piel todavía caliente y el corazón un poco acelerado. Y con ganas de que nos vuelvan a llamar para posar.