Después de todo lo que os conté en paseando con Pablo, mi novio me invitó a un hotel sencillito, de esos que podemos permitirnos siendo universitarios. Yo solo supe decir que sí, con la voz un poco temblorosa y una sonrisa que no podía disimular.
Llegamos con la maleta negra rodando detrás de mí y él con su mochila y esa camiseta negra de los Raiders que le queda tan bien. Yo llevaba una camiseta blanca de tirantes y una minifalda vaquera, el pelo suelto. En cuanto cerramos la puerta de la habitación, el aire cambió. Pablo me miró como si no se creyera que estábamos allí los dos solos. Me acerqué, le quité la mochila con cuidado y le besé despacio. Me gustaba notar que él también estaba nervioso. Le dije bajito que me dejara cuidarlo, que yo quería hacerlo bien.
Me arrodillé frente a él todavía vestida y le bajé los pantalones con calma. Su polla saltó libre, gruesa, caliente y ya medio dura. Tenía una vena marcada a lo largo del tronco y la cabeza un poco más ancha, rosada. La envolví con las dos manos, notando el peso y el calor, y levanté la vista para mirarlo a los ojos mientras le sonreía. Me la llevé a la boca solo el tiempo necesario para ponerla completamente dura. Chupé despacio, con seguridad, dejando que mi lengua recorriera el contorno y sintiendo cómo se ponía cada vez más rígida entre mis labios. Cuando ya estaba perfecta me separé, le di un último beso en la punta y le dije que ahora sí.
Me tumbé en la cama, me quité la minifalda y le abrí las piernas. Pablo sacó un preservativo del bolsillo de la mochila con las manos un poco torpes. Le costó abrirlo, se le escapó el papelito dos veces y se puso rojo mientras murmuraba «espera, espera…». Yo me reí bajito, no de él, sino de lo tierno que se veía intentándolo con tanta concentración. Al final lo consiguió y se lo colocó con cuidado, todavía un poco inseguro. Se colocó encima de mí con una ternura que me derritió. Entró despacio, mirándome a los ojos todo el rato, preguntándome si estaba bien. Yo le acaricié la espalda y le dije que sí, que siguiera. El misionero fue tierno y profundo. Sentí cómo me llenaba centímetro a centímetro, cómo el calor de su cuerpo se pegaba al mío, cómo me abría con cuidado. Cada embestida lenta me recorría la espalda con un cosquilleo dulce. No me corrí; nunca es fácil para mí, pero el roce, la forma en que me besaba el cuello y me susurraba lo guapa que estaba me tenían en otro planeta. Pablo se corrió dentro del preservativo con un gemido ahogado, apretándome fuerte, y después se quedó quieto un rato, respirando contra mi piel. No paraba de decirme lo afortunado que se sentía, que mi cuerpo era una locura, que no se creía que yo fuera su novia y que además supiera tanto. Cada vez que me lo decía se le notaba completamente flipado, como si no pudiera creerse que aquello estuviera pasando de verdad. A mí me excitaba y me hacía gracia a la vez: él torpe y maravillado, y yo sintiéndome segura guiándolo.
Descansamos un rato abrazados, hablando bajito, riéndonos de lo nerviosos que habíamos estado al principio. Después me levanté y fui al baño. Cuando salí llevaba puesta solo su camiseta de los Raiders. Nada más. La tela negra me quedaba enorme, pero a él se le puso otra vez dura solo de verme así.
Volví a la cama, lo empujé suavemente hacia atrás y me tumbé abriendo un poco las piernas, con la camiseta subida hasta la cintura. Le acaricié el pelo y le dije, entre risas y con voz baja:
—Ahora te toca a ti aprender una cosa. Ven aquí. Te voy a enseñar cómo se le come el coño a una chica.
Pablo se puso rojo al instante, pero se acercó con esa mezcla de nervios y ganas que ya me tenía loca. Se colocó entre mis muslos como si fuera a desactivar una bomba. Le expliqué despacio: que no hace falta embestir con la lengua como loco, que empiece suave, que busque el clítoris con calma, que use los labios, que pregunte con la boca y no solo con la cabeza. Él asentía muy serio, concentrado, como si estuviera en un examen.
Y entonces se lanzó.
Puso más esfuerzo e intención que técnica. Lamió con demasiada fuerza un segundo, después demasiado arriba, después demasiado abajo. En un momento se quedó quieto en un sitio que no era, respirando contra mí como si eso bastara. Yo me eché a reír —no de burla, de ternura pura— y le dije entre risitas:
—Cariño… un poco más arriba. Suave. Así… eso, más despacio. No hace falta que te comas el hotel entero.
Él se rio contra mi coño, se disculpó en un murmullo y volvió a intentarlo con toda el alma del mundo. Se notaba que quería hacerlo bien, que se estaba dejando la vida en cada movimiento, aunque la precisión no acompañara. A veces acertaba y me sacaba un suspiro bueno; otras se despistaba y yo volvía a reírme bajito, acariciándole el pelo para que no se cortara.
—Me encanta cómo te esfuerzas —le dije, genuina—. De verdad. Se te ve tan concentrado… me haces mucha gracia y a la vez me pones muchísimo.
Le guié con los dedos y con la voz: más plano aquí, circulitos ahí, que no olvidara respirar. Él obedecía con una seriedad adorable, la frente fruncida, las manos agarrándome los muslos con cuidado. No me corrí —otra vez no fue fácil—, pero el calor, las cosquillas, sus intentos torpes y su entrega total me tenían blanda y contenta. Cuando le dije que ya valía, que lo había hecho genial para ser la primera vez, se incorporó con la boca brillante y una sonrisa orgullosa y un poco pícara, como si hubiera ganado un partido.
—¿Lo he hecho bien? —preguntó.
—Lo has hecho con todo el corazón —le respondí, riéndome y besándole la boca—. Y eso, créeme, se nota. Ya puliremos la técnica otro día.
Lo empujé suavemente para que se tumbara y cogí yo el preservativo. Esta vez lo abrí yo, con total seguridad, y se lo coloqué usando la boca. Lo deslicé despacio con los labios y la lengua, mirándolo a los ojos mientras él soltaba un gemido largo y se le entrecortaba la respiración. Se le veía alucinando otra vez. Me subí a caballo encima de él y empecé a moverme despacio, dejando que él me agarrara la cintura. Sentía su polla gruesa entrando y saliendo, el roce del preservativo, el calor que me subía por el vientre cada vez que bajaba hasta el final. Le dije riéndome bajito:
Si queréis hacer disfrutar a un hombre, tenéis que probar a follároslo alguna vez vestidas con la camiseta de su equipo; eso les excita mucho.
Pablo se rio, pero la risa se le cortó en un gemido cuando empecé a subir y bajar de verdad. Cabalgué despacio al principio, sintiendo cómo me miraba el pecho moviéndose bajo la camiseta, cómo sus manos subían por mi cintura hasta mis pechos. Luego un poco más rápido, dejando que él empujara hacia arriba al mismo tiempo. Se corrió otra vez así, conmigo encima, con la camiseta de los Raiders empapada de sudor y el pelo de mi coleta cayéndome por la espalda. Yo me incliné hacia delante, le besé la boca y le dije que era el chico más bueno del mundo, que me encantaba hacerlo disfrutar. Otra vez se le veía completamente fuera de sí, repitiendo lo de lo afortunado que era, lo increíble que me ponía y lo mucho que sabía. Cada piropo torpe y sincero me hacía sonreír y a la vez me calentaba más.
Volvimos a descansar. Nos quedamos abrazados bajo las sábanas blancas, desnudos, mirándonos como tontos. Él no paraba de decirme lo afortunado que se sentía, que mi cuerpo era una locura, que no se creía que yo fuera su novia y que además tuviera tanta seguridad. Yo le acariciaba el pelo y pensaba que, aunque no me hubiera corrido ni una sola vez, había disfrutado más que nunca. Me gustaba tener un poco más de experiencia y poder enseñarle, guiarlo, ver cómo se le iluminaba la cara cada vez que le hacía sentir bien —y también cuando él, torpe y entregado, intentaba hacérmelo a mí.
Por la mañana, cuando aún estábamos medio dormidos, me desperté antes que él. Me deslicé hacia abajo entre las sábanas y le dije con una sonrisa pícara:
—No sería una buena novia si dejara algo de leche en los huevos…
Su polla aún tenía restos de la noche anterior. La tomé entre mis manos, gruesa y caliente aunque todavía no del todo dura, y me la metí en la boca con toda la seguridad del mundo. Empecé muy despacio. Solo la cabeza. Lengua plana, circular, saboreando. Pablo se despertó con un suspiro largo y puso las manos en mi pelo, pero no apretó. Yo seguí a mi ritmo. Bajé un poco más, chupé con más presión, y cuando sentí que se ponía completamente dura me detuve. Solo lo sostuve entre los labios, sin moverme, mirándolo desde abajo. Él gimió y levantó un poco las caderas. Yo sonreí y volví a empezar, esta vez más profundo, dejando que la cabeza golpeara el fondo de mi garganta una y otra vez, pero siempre parando justo cuando su respiración se aceleraba demasiado. Le acariciaba los huevos con una mano mientras la otra sujetaba la base. Cada vez que él estaba a punto de correrse me detenía, sacaba la polla de la boca y la lamía despacio de abajo arriba, como si no tuviera ninguna prisa. Pablo empezó a sufrir de verdad. Me pedía por favor, me decía que no podía más, que por favor siguiera, que se estaba volviendo loco. Yo solo le miraba a los ojos y volvía a meterla despacio, chupando fuerte, usando la lengua en la parte de abajo, haciendo que se le arqueara la espalda. Así durante mucho rato. Lo tuve al borde una y otra vez, sintiendo cómo le temblaban los muslos, cómo me apretaba el pelo sin atreverse a empujar. Cuando por fin decidí que ya había sufrido lo suficiente me lo metí hasta el fondo, chupé con todo y me tragué cada chorro caliente que salió. No dejé escapar ni una gota. Tragué y tragué mientras él se estremecía debajo de mí, gimiendo mi nombre como si no pudiera creerse lo que le estaba haciendo. Después saqué la polla despacio, todavía palpitando, y la limpié con la lengua, mirándolo otra vez a los ojos. Pablo me miraba como si no pudiera creerse lo que acababa de pasar. Se quedó unos segundos en silencio, con la respiración completamente agitada, y solo pudo decir que era la chica más increíble del mundo, que no sabía cómo había tenido tanta suerte, que mi cuerpo era una locura y que yo sabía demasiado. Otra vez esa mezcla de torpeza y admiración absoluta que a mí me excitaba y me hacía gracia al mismo tiempo.
Yo me subí otra vez a su lado, le di un beso suave en la boca y me acurruqué contra él con su camiseta todavía puesta.
Disfrute mucho esa noche. Y creo que tengo a Pablo justo donde quiero