No pensé que pudiera haber más. De verdad que no.
Ayer me acosté con el corazón latiéndome en la garganta y las piernas temblando después de ver aquella carpeta. Esta mañana, en cuanto papá salió a una reunión, volví a coger su móvil. Solo quería mirar otra vez. Solo un poquito. Pero en la galería había una carpeta nueva que ayer no estaba… o que yo no había visto. Se llamaba simplemente “sofia-y-papa”. El corazón se me cayó al estómago.
La abrí.
Y el mundo se me detuvo.
Ahí estaba Sofía. Mi Sofía. La amiga tetona, la modelo, la que siempre llega riendo y dejando un rastro de perfume caro. Pero no estaba sola. Estaba con él. Con papá. En una suite de hotel que olía a dinero, con sábanas blancas y luz cálida. Ella desnuda, o casi. Él… él es feo. Lo digo con todo el cariño del mundo, pero es feo: calvo, con esa barriguita, la piel un poco flácida, la sonrisa de hombre que ya ha vivido demasiado. Y sin embargo… tiene tanto dinero. Tanto que puede permitirse habitaciones así, y chicas así, y el silencio de todo el mundo.
En las primeras fotos ella se reía a cámara, cubriéndose los pechos con las manos como si le diera vergüenza, pero los ojos le brillaban. En otras estaba de espaldas, el culo perfecto levantado, el tanga negro perdido entre sus mejillas, mirando por encima del hombro con esa sonrisa pícara que yo conozco tan bien. Y entonces llegaron los vídeos.
Vi cómo se sentaba a horcajadas sobre él. Cómo le acariciaba el pecho velludo mientras se movía despacio, saboreando cada segundo. Cómo él la miraba como si fuera la diosa más cara del mundo. Ella gemía bajito, dulce, y de vez en cuando se giraba hacia la cámara y sonreía… directamente a él. O a quien estuviera grabando. ¿Era papá quien grababa? ¿O había alguien más? ¿O… lo hacía ella?
Me senté en el borde de la cama de mis padres con las piernas apretadas. El móvil me temblaba en las manos. Cada foto nueva era un cuchillo dulce clavándose un poco más hondo. Sofía mojada, brillante, el cuerpo cubierto de aceite o de sudor. Sofía de rodillas. Sofía con las botas altas negras y nada más. Sofía riéndose mientras papá la follaba despacio, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo porque, claro, el dinero compra tiempo. Compra silencios. Compra cuerpos hermosos que se entregan con una sonrisa.
¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo mi mejor amiga se deja tocar por mi padre? ¿Lo hace por el dinero? ¿Le gusta? ¿Le excita que ese hombre feo y rico la mire como si fuera suya? En una de las fotos ella misma parece estar sujetando el móvil, haciéndose un selfie mientras él la penetra por detrás. Se le ve la cara de placer verdadero. No es fingido. No puede serlo. Esa boca entreabierta, esos ojos verdes entrecerrados… yo he visto a Sofía follar antes, y esa cara es real.
Me duele. Me duele de una forma extraña y caliente. Porque la quiero. Porque es mi amiga. Porque es preciosa y libre y ahora resulta que se está acostando con el hombre que me dio la vida. Y lo peor de todo es que, mientras pasaba las fotos con el dedo tembloroso, mi otra mano ya estaba dentro de mi braguita. Sin darme cuenta. Acariciándome despacio, con vergüenza y con una necesidad dulce que me hacía morder el labio.
¿Ella sabe que papá nos hace fotos a todas? ¿Sabe que existen las mías? ¿Las de Ingrid y Martina? ¿O solo existe este mundito secreto entre los dos? ¿Le manda ella las fotos? ¿Se las pide él? ¿O es que simplemente un día se lo folló y desde entonces no han podido parar?
No lo sé. No sé nada. Solo sé que ahora mismo estoy sentada en la cama de mis padres, con el olor de su colonia todavía en el aire, tocándome el coñito resbaladizo mientras miro a mi mejor amiga montar a mi padre. Y que no puedo dejar de hacerlo. Que cada vídeo nuevo me pone más caliente y más confusa. Que quiero odiarla un poquito… pero solo consiguo desear estar ahí, o al menos entenderlo.
Cuando escuché el coche de papá en la entrada casi se me cae el móvil. Lo bloqueé, lo dejé exactamente donde estaba y corrí a mi habitación. Todavía estoy aquí, tumbada boca abajo, con las mejillas ardiendo y los dedos húmedos. No sé qué voy a hacer. No sé si confrontar a Sofía. No sé si volver a mirar mañana. No sé si papá sospecha que ya lo sé.
Solo sé que esta carpeta se ha quedado grabada detrás de mis párpados. Y que esta noche, cuando cierre los ojos, voy a ver una y otra vez la sonrisa de Sofía mientras se corre en la polla de mi padre. Y voy a mojarme. Y voy a odiarme un poquito por ello.
Y mañana… mañana volveré a coger el móvil. Porque necesito saber más. Necesito entender qué coño está pasando. Aunque me destroce. Aunque me encienda. Aunque ya no pueda volver atrás.