En esta tarde sofocante de julio, cuando el calor se cuela por las cortinas y lo envuelve todo, yo estaba tumbada sin ninguna prisa ni intención clara. Mi mano descansaba perezosamente sobre mi vientre, justo encima de los shorts grises de deporte. Empecé a acariciarme casi sin darme cuenta, con toques lentos y suaves, como si solo estuviera quitándome el calor de encima. El roce de mis dedos sobre la tela era tan delicado que parecía inocente al principio. Pero poco a poco, sin que yo lo buscara de verdad, el calor empezó a crecer entre mis piernas, espeso y dulce, y las historias que me habían pasado últimamente empezaron a aparecer en mi mente sin permiso.
Mis dedos seguían moviéndose con esa lentitud perezosa, trazando círculos vagos sobre el monte de Venus. La tela del shorts se iba calentando bajo mi mano y yo notaba cómo una humedad suave, casi imperceptible al comienzo, empezaba a formarse. No era todavía deseo consciente. Era solo el cuerpo respondiendo al calor de la tarde y a los recuerdos que llegaban solos. Pensé primero en aquel primer trío. Cómo los tres cuerpos se buscaron sin palabras, cómo me sentí tan llena y tan libre. El recuerdo me hizo apretar un poco más los muslos, pero mis dedos no cambiaron de ritmo todavía. Seguían lentos, casi distraídos.
A veces el placer más hermoso llega cuando uno no lo está buscando.
Luego vino la imagen del fotógrafo guapísimo. Esa mirada intensa mientras me pedía que me moviera más lento, más sensual. Sentí cómo mis pezones se endurecían contra el sujetador, pero seguí tocándome por encima de la ropa con la misma delicadeza. Era como si mi mano no supiera todavía adónde iba. Me bajé la camiseta un poco más, dejando al aire un trozo de vientre, y mis dedos bajaron hasta rozar el borde del shorts. La humedad ya se notaba más clara. La tela se pegaba ligeramente a mis labios y yo solté un suspiro muy suave, casi sorprendida de lo bien que se sentía ese roce tan simple.
Pensé entonces en el repartidor de agua, ese hombre mayor de voz grave. El repartidor de agua. Cómo su polla increíblemente dura y gruesa me había llenado aquella tarde. Mis dedos, todavía lentos, empezaron a presionar un poco más. La tela del shorts ya estaba húmeda y se pegaba a mi piel. Sentía cómo mis labios se hinchaban poco a poco bajo mis caricias y cómo una calidez más intensa se extendía desde mi clítoris hacia dentro. Me pregunté, con una mezcla de asombro y rendición, cómo podía el deseo llegar así, de un momento a otro, empezando tan despacio y tan inocente para terminar apoderándose de todo.
Me bajé los shorts con movimientos lentos, levantando apenas las caderas. Quedaron enredados en un tobillo. El sujetador lo deslicé por un hombro y luego por el otro. Quedé con la camiseta subida hasta el pecho y mis pechos libres. Cuando por fin metí la mano dentro de mis bragas, la humedad me cubrió los dedos de inmediato. Estaba mucho más mojada de lo que había imaginado. Mis dedos se deslizaron entre los pliegues hinchados y encontraron mi clítoris ya sensible y palpitante. Empecé con círculos muy suaves, casi reverentes, sintiendo cómo se hinchaba bajo la yema. El placer ya no era una caricia distraída: empezaba a enroscarse en mi bajo vientre, más y más apretado, como una cuerda que se tensa poco a poco.
Pero entonces llegó el recuerdo que siempre me deja con sentimientos contradictorios: las fotos que pillé en el móvil de papá. Eran fotos en las que él nos espiaba a mí y a mis amigas, captándonos sin que lo supiéramos. Me ruboricé al recordarlas. Una parte de mí se sintió invadida, casi culpable por haberlas visto… pero otra parte, más oscura y traicionera, se excitó intensamente al pensar que quizás papá las usaba para masturbarse, que se tocaba mirándome a mí y a mis amigas sin que lo supiéramos. La idea me atravesó como una corriente caliente. Sentí vergüenza y, al mismo tiempo, una humedad nueva y más espesa se extendió entre mis piernas. Mis dedos ya no eran lentos. Se movieron con más morbo, más hambre, más necesidad. El tabú se mezclaba con el placer y todo se volvía más intenso, más vivo, más imposible de detener.
Mis caderas empezaron a moverse solas. Introduje dos dedos dentro de mí, curvándolos hacia arriba, y sentí cómo mis paredes se contraían alrededor de ellos, húmedas y calientes. El sonido resbaladizo de mis caricias llenaba la habitación. El placer se había precipitado. Ya no podía controlarlo. Cada vez que rozaba mi clítoris hinchado con el pulgar, una descarga me recorría el vientre y me hacía arquear la espalda. Mis muslos temblaban, mi respiración era entrecortada y profunda. Sentía cómo la humedad me corría por los dedos y cómo cada vez que metía y sacaba los dedos mi interior se apretaba más fuerte, como si no quisiera soltarlos.
Cuando apreté el pulgar contra mi clítoris y metí los dedos más profundo, el orgasmo explotó de repente. Empezó como un latido profundo y poderoso dentro de mí. Mis paredes internas se contrajeron en oleadas rítmicas, intensas y deliciosas, apretando mis dedos con fuerza. Un gemido largo y ahogado me escapó mientras todo mi cuerpo se arqueaba. Las contracciones eran fuertes, casi violentas al principio, haciendo que mi vientre se tensara y mis piernas temblaran sin control. Sentí cómo una nueva oleada de humedad me corría por la mano y cómo el placer se expandía en olas sucesivas que me recorrían desde el clítoris hasta las puntas de los pies. Cada pulso era más profundo que el anterior, más largo, más dulce y más abrumador. Me quedé temblando, arqueada, con los dedos todavía dentro de mí, sintiendo cómo mi cuerpo se contraía y se relajaba en espasmos que duraron varios segundos, dejándome sin aliento.
Poco a poco las olas fueron calmándose, convirtiéndose en temblores suaves y espaciados. Me quedé allí, respirando fuerte, todavía con los dedos dentro de mí, sintiendo cómo mi interior seguía latiendo suavemente alrededor de ellos. Después, muy despacio, empecé a acariciarme con más ternura. Toqué mis muslos, mi vientre, mis pechos… todo mi cuerpo agradecido por el regalo que yo misma me había hecho. El placer seguía latiendo suave, como un eco amable.