A veces la vida te pone delante un espejo y te dice: para. Para de correr, para de acumular, para de olvidarte de ti. Y hoy he decidido hacerle caso.
Después de una semana que se me ha hecho larga y pesada, entre cosas que hacer y cosas que pensar, por fin he encontrado mi rincón. La piscina estaba casi vacía cuando he llegado, solo el sonido del agua y el sol de junio cayendo a plomo. Me he dejado la toalla en la tumbona, me he desatado el bikini y lo he dejado caer sin pensarlo. No me importa. No me importa nada. A mi edad, con este cuerpo que es el que tengo, sentir el sol directamente en la piel es una de las cosas más placenteras que existen. Es libertad. Es honestidad. Es volver a ser yo sin filtros.
Me he tumbado de espaldas y he sentido cómo el calor me iba envolviendo poco a poco, desde los hombros hasta las piernas. Cada respiración era más profunda. Cada pensamiento pesado se iba quedando atrás. El agua de la piscina reflejaba el cielo y yo me sentía flotar incluso antes de meterme.
A veces lo único que necesitamos es agua, sol y la libertad de sentirnos nosotras mismas sin pedir permiso.
Cuando por fin me he metido, el contraste ha sido delicioso. El agua fresca contra la piel caliente. He nadado despacio, he flotado, he cerrado los ojos y he dejado que el cuerpo se moviera solo. En un momento he cogido el móvil y he grabado un trozo, solo por guardar ese instante en el que todo estaba bien. El chapoteo, el sol en la cara, la sensación de estar completamente presente.
Mientras volvía a tumbarme a secar, he visto cómo alguien, al pasar, giraba un poco la cabeza. Me ha hecho gracia. No de forma incómoda, sino tierna. Como cuando ves a un niño intentando no mirar el dulce que le han prohibido. Me he sonreído para mí. Que miren. Yo estoy aquí, tranquila, con mi piel al sol y mi cabeza en paz. No busco nada, no ofrezco nada, solo estoy siendo. Y esa naturalidad, a veces, es lo que más llama la atención.
He repetido el ciclo varias veces: agua, tumbona, agua otra vez. Cada vez me sentía más ligera. La semana mala se había quedado fuera, al otro lado de la valla. Dentro solo había calma, calor y ese olor a cloro y a verano que tanto me gusta. He pensado en lo poco que necesitamos a veces para volver a sentirnos bien. No hace falta irse lejos ni gastar dinero. Hace falta decidir parar. Y permitirse.
Cuando el sol ha empezado a suavizarse he recogido mis cosas con pereza. No quería que se acabara, pero llevaba dentro una satisfacción tranquila. Esa que te dice que has hecho lo correcto por ti.
Esta tarde en la piscina no ha sido nada especial para nadie más. Pero para mí ha sido exactamente lo que necesitaba: un recordatorio de que mi cuerpo es mío, de que puedo disfrutarlo sin culpa y de que, a veces, la mejor forma de cuidar de una misma es simplemente dejarse estar un rato, al sol, con el agua cerca y el corazón en silencio.