Hay mañanas en las que el simple hecho de ponerme solo el delantal ya me hace sentir un poquito traviesa… y hoy Pablo no me defraudó ni un segundo.
Estaba removiendo algo dulce en la sartén, el pelo suelto cayéndome por la espalda desnuda y el delantal de lino beige atado a la cintura. El calor de la cocina me rozaba la piel y yo sonreía sin darme cuenta, concentrada en no quemar el azúcar. De pronto sentí sus manos en mi cintura y su boca en mi cuello. No dijo nada. Solo me besó despacio, justo debajo de la oreja, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me estremecí. Él siempre sabe exactamente dónde empezar.
Sus labios bajaron por mi cuello mientras sus manos subían por debajo del delantal. Primero me acarició el pecho con una lentitud casi cruel, rozando los pezones ya duros, dándoles vueltas con los dedos sin ninguna prisa. Yo seguía removiendo, aunque la cuchara de madera temblaba un poco en mi mano. Después una de sus manos bajó por mi vientre, se deslizó entre mis muslos y encontró mi coño ya húmedo. Me abrió con dos dedos suaves y empezó a acariciarme el clítoris con círculos lentísimos. Me mordí el labio para no soltar un gemido demasiado alto.
Me encanta cuando se toma su tiempo. Cuando no tiene prisa por llegar a ninguna parte.
Me dio una palmada suave en el culo y luego otra un poco más fuerte. El sonido seco resonó en la cocina y me hizo reír bajito. Él se rió también contra mi cuello. Mientras me tocaba, yo me restregaba el culo contra la polla dura que sentía a través del vaquero. Quería más. Quería sentirlo dentro. Pero Pablo no tenía ninguna intención de darse prisa. Metió un dedo dentro de mí, luego dos, y me folló despacio con la mano mientras yo movía la cadera buscando más profundidad. La humedad ya me bajaba por los muslos.
En un momento levantó la mano de la sartén, se llevó un poco de esa crema dulce a la boca y me ofreció los dedos. Los chupé despacio, mirándolo a los ojos, saboreando el azúcar y el sabor de su piel. Él me miraba como si estuviera a punto de comerme. Me incliné un poco más hacia delante, apoyé las manos en la encimera y alcé el culo, ofreciéndome. La humedad brillaba entre mis muslos.
—Por favor… fóllame —le susurré.
Él se bajó el pantalón con calma, sacó la polla y la apoyó entre mis nalgas. La sentí caliente, pesada, larga. Empezó a rozarme el coño con la cabeza, adelante y atrás, mojándose con mi flujo, pero sin entrar. Yo empujaba hacia atrás intentando empalarme, y él se retiraba justo en el momento. Me hizo sufrir un ratito. Me hacía falta. Se lo supliqué otra vez, más bajito, más necesitada.
Cuando por fin entró, lo hizo de un solo empuje lento y profundo. Noté cada centímetro. Esa polla larga llega exactamente donde tiene que llegar cuando te follan de pie y desde atrás. Se siente distinta. Se siente más. Él me agarró de la cintura y empezó a moverse: primero con empujes largos y suaves, casi caricias, y luego más firmes, más profundos. Yo gemía contra la encimera, el delantal todavía puesto, el culo al aire, sintiendo cómo me llenaba una y otra vez.
Es importante que el chico tenga una polla larga para hacerlo así. Si es corta, no llega bien. Pero cuando es larga… cada embestida toca ese punto que hace que se me doblen las rodillas. Pablo lo sabía. Me follaba con esa mezcla de cariño y hambre que solo él tiene. Me besaba el hombro, me hablaba al oído, me decía lo buena que estaba cocinando desnuda para él. Yo solo podía responder con gemidos y con el movimiento de mi culo buscando más.
Al final aceleró un poco. Yo ya estaba temblando. Él metió la mano por delante y me acarició el clítoris mientras me follaba, y los dos nos corrimos casi al mismo tiempo. Él dentro de mí, profundo, y yo apretándolo con todo el cuerpo, sintiendo cómo me llenaba de calor. Nos quedamos quietos un rato, respirando juntos, él todavía dentro, las manos alrededor de mi cintura, besándome el cuello con ternura.
Cuando por fin se salió, me dio un beso suave en la sien y me ayudó a limpiarme un poco con un paño de cocina. Yo me reí. El desayuno se había quemado un poco, pero a ninguno de los dos nos importaba demasiado.
A veces cocinar es solo cocinar.
Y a veces es la forma más dulce de que tu novio te recuerde lo mucho que te desea.