Hoy mi amigo me llevó a esa nave industrial y me hizo sentir la chica más guapa y sexy del mundo, entre su sofá chester y la bañera antigua.
Mi amigo había montado todo con cariño: un sofá chester de cuero marrón gastado en el centro de la nave y una bañera blanca llena de agua tibia. Empezamos riendo, pero cuando me pidió que empezara a desnudarme algo cambió dentro de mí. El corazón me latía tan fuerte que casi lo oía. Me quité la camiseta despacio, sintiendo cómo sus ojos me seguían cada movimiento. Me ardía la cara de una vergüenza dulce y excitante. Me bajé el sujetador y mis pechos quedaron al aire; el frío de la nave me puso los pezones duros, pero la forma en que él me miraba me calentaba por dentro de un modo que no esperaba. Me sentí pequeña y al mismo tiempo poderosamente deseada. Cuando me bajé las bragas con lentitud, dejando que me viera completamente desnuda, las piernas me temblaron un poco. Estaba mojada. No solo de nervios, sino de esa excitación suave y caliente que me subía por el vientre. Me sentí guapa. Me sentí sexy. Me sentí suya en ese momento, aunque solo fuera para las fotos.
Con la luz entrando por las ventanas rotas, me di cuenta de que no importaba si las fotos salían perfectas o no. Lo importante era cómo me sentía yo.
Me metí en la bañera. El agua tibia me acarició la piel desnuda y me relajó un poco, aunque seguía sintiendo su mirada sobre mis pechos y mi vientre. Después me senté en el sofá chester; el cuero frío contra mi piel mojada me provocó un escalofrío que me recorrió entero. Posé para él, tocándome el pelo, abriendo un poco las piernas, dejando que me viera así de abierta y vulnerable. Cada clic de la cámara me ponía más caliente.
Cambiamos de look varias veces. Me probé un vestido azul transparente que se pegaba a mi cuerpo húmedo, uno de ganchillo crema que dejaba ver todo, uno blanco de satén que se me subía con cada movimiento y uno negro de encaje que me hacía sentir peligrosa. En cada uno volví al sofá chester o a la bañera, posando, mirándolo, sintiendo cómo su mirada me devoraba con ternura. Me gustaba que me viera así. Me gustaba desnudarme para él una y otra vez.
Al final nos reímos de algunas fotos que salieron un poco raras por la luz de la nave, pero yo estaba contenta y un poco excitada todavía. Me había sentido hermosa. Me había sentido sexy. Me había sentido querida y deseada en ese sofá chester y en el agua tibia. Mi amigo me abrazó fuerte, me besó la frente y me dijo que había sido perfecto. Y lo fue.