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Relato 01

La playa calentita

7 de agosto de 2026 84 fotos 17 vídeos

Hoy la playa nos pidió el cuerpo entero y nosotras se lo entregamos con una maldad dulce que todavía me deja las piernas blandas.

La cala era privada, el agua tibia, la arena finísima. Solo nosotras cuatro y él: el fotógrafo, guapísimo, bañador negro, voz ronca. Antes de disparar una sola foto nos miró serio y dijo que si el juego se ponía demasiado caliente podíamos usarlo… o dejarlo fuera del todo. Nosotras sonreímos. Elegimos las dos cosas a la vez: que mirara, que se pusiera duro, que rogara un poco… y que no nos tocara hasta que nosotras lo diéramos. Él aceptó. Se le marcó la polla en el bañador casi al instante. Nos reímos bajito y nos quitamos todo.

Ingrid no esperó. Se tumbió de espaldas, abrió las piernas hacia la cámara y se metió dos dedos en el coño con una naturalidad obscena. Chapoteaba de lo mojada que estaba. Nos miraba a nosotras y luego a él, sacando la lengua, gimiendo su nombre en burla cariñosa.

—Míranos —le dijo—. Pero no te acerques. Hoy solo eres ojos.

Se folló con la mano sin vergüenza, el rubio pegado a la frente, los pechos pequeños subiendo y bajando. Se corrió la primera, muy pronto, con un ahogado y los dedos brillando de jugos. Se los chupó mirándolo a la cara. Él dio un paso. Nosotras cuatro dijimos que no al mismo tiempo. Se detuvo, rojo, durísimo, y siguió disparando.

Rechazarlo se volvió nuestro juego favorito. Cada “no” nos mojaba más.

Sofía me agarró de la muñeca y me sentó a horcajadas sobre su muslo. Sus tetas son una ofensa a la cordura: grandes, pesadas, bronceadas, pezones oscuros ya duros. Me enterré en ellas. Las lami, las chupé, las mordisqueé con devoción mientras mi mano bajaba y le abría los labios del coño. Dos dedos dentro, curvos, buscando ese punto que la hace temblar. Ella me apretaba la cabeza contra el pecho y miraba al fotógrafo por encima de mi hombro.

—¿Las quieres? —le preguntó, ofreciéndome las tetas como trofeo—. Pues hoy no. Hoy son de Nora.

Yo gemía contra su piel, follándola con los dedos más rápido, sintiendo cómo se apretaba. Él pidió permiso para tocarse por encima del bañador. Le dijimos que sí, solo eso. Sofía se corrió en mi mano con un grito dulce, mojándome hasta la muñeca, los pechos temblando contra mi boca. Me lami los dedos despacio, mirándolo. Se le escapó un jadeo. No lo tocamos.

Después me puse a cuatro patas en la toalla, culo alto, cara apoyada en los brazos, la arena rozándome los pezones. Ingrid se arrodilló detrás. Me abrió las nalgas con las dos manos y me comió el culo como si tuviera hambre de verdad: lengua caliente, punta empujando, saliva bajando hasta el coño. Sofía se tumbió delante y me dio los pechos otra vez para que me agarrara a ellos. Martina, todavía tímida, me acariciaba el pelo.

—Por favor —murmuró él—. Dejadme…

—No —susurré yo, con la voz rota de placer—. Solo mira cómo me comen el culo.

Ingrid metió la lengua más hondo y me rozó el clítoris con los dedos. Me corrí temblando, empuje el culo contra su cara, gimiendo su nombre y el de él en la misma frase, cruel y dulce. Me sentí preciosa y muy puta. Él apretaba los puños para no lanzarse.

Y entonces llegó Martina.

Se había quedado un poco al margen, rubia, elegante, piernas juntas, con esa vergüenza suave que la hace todavía más deseable. Nos confesó, casi sin voz, que llevaba meses sin correrse con alguien, que se sentía la menos atrevida, la más insatisfecha, la que siempre se quedaba a medias. Yo le besé los párpados. Ingrid le besó la boca. La tumbaron con una ternura sucia. Esta tenía que ser la escena más importante del día. La más lenta. La más profunda.

La abrimos despacio. Nora e Ingrid —yo e Ingrid— nos turnamos en su coño como si fuera un altar. Primero yo: lengua plana, lametones largos del perineo al clítoris, dos dedos suaves entrando solo cuando ella empujó la cadera. Después Ingrid, más voraz, chupándole el clítoris con ruidos obscenos mientras yo le besaba la boca y le susurraba lo bien que olía, lo rica que estaba, lo mucho que merecía corrérselo entero. Él se arrodilló cerca, pidiendo con los ojos. Martina, con un hilo de voz, dijo:

—Que mire… pero que no me toque. Hoy me corro yo. Con ellas.

Eso nos encendió más. Nos alternamos sin parar: lengua de Ingrid, lengua mía, dedos de una, boca de la otra, besos en sus muslos, en su vientre, en sus pechos pequeños y elegantes. Martina lloriqueaba de placer contenido, las manos en nuestro pelo, la voz rompiéndose. Cuando por fin se corrió fue largo, casi doloroso de lo necesario que era: espalda arqueada, muslos apretándonos la cabeza, un “por fin, por fin, por fin” mojado en lágrimas dulces. La besamos las dos a la vez, compartiendo su sabor. El fotógrafo temblaba. Le dijimos otra vez que no. Que aguantara.

Los helados llegaron cuando ya no quedaba vergüenza en la playa. Polos chorreando, mango, pistacho, rojo brillante. Nos arrodillamos en semicírculo frente a él, desnudas, brillantes de saliva y jugos, y chupamos despacio. Lenguas largas. Gargantas abiertas. Gemidos falsos y verdaderos. El helado caía en nuestros pechos. Sofía se echó un hilo espeso sobre los suyos —dios, esas tetas— y yo me arrodillé a recogerlo con la lengua, lamiendo cada gota, chupándole el pezón hasta dejarlo limpio y duro, mientras lo miraba a él.

—¿Quieres lamerlas tú? —le pregunté con voz de niña mala.

—Sí…

—Pues no.

Ingrid y Martina se pasaban un polo de boca en boca, la lengua enredada, el líquido bajándoles al pubis. Él se corrió así: sin que ninguna mano lo acariciara del todo, solo con nuestras bocas ocupadas en el hielo y en los cuerpos de las demás, el bañador manchado, las rodillas flojas, la cara de quien ha sido devorado sin ser tocado. Después, solo después, lo dejamos acercarse. Besos en la boca. Manos en su pecho. Permiso para tocarnos un rato, ya rendido, ya nuestro.

Nos metimos en el agua las cinco. Yo apoyé la frente en las tetas de Sofía y sentí la risa de Martina contra mi espalda. Me dolía un poco la conciencia de lo cruelmente dulces que habíamos sido. Y me encantaba.

A veces una playa es solo sal y sol.
Y a veces es el sitio donde cuatro chicas se corren una por una delante de un hombre al que adoran rechazar… hasta que él también se rompe, y el mar se lleva el azúcar, la arena y todas nuestras vergüenzas.

El relato

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