Todo empezó como empiezan las cosas que luego una no sabe cómo explicar: una tarde cualquiera, dos amigas aburridas en el sofá y una curiosidad demasiado pequeña para parecer peligrosa.
Sofía y yo vivíamos juntas desde hacía meses. Compartíamos piso, ropa, secretos y esa pereza dulce de los domingos que se alargan sin planes. Aquella tarde buscábamos algo que ver cuando apareció una web de directos. Una de esas páginas donde la gente se conecta para charlar, bailar o simplemente dejarse mirar. Sofía soltó una risa y dijo que podríamos entrar solo un rato, de broma, para ver qué se sentía. Yo negué con la cabeza, pero ya estaba sonriendo. No había malicia en nosotras. Solo aburrimiento, confianza y esa picazón tonta de probar algo que nunca habíamos hecho.
Al principio no queríamos que nos viera nadie. Después descubrimos que una parte de nosotras sí quería saber qué se sentía.
Encendimos la cámara sin prepararnos. Yo llevaba un top negro y pantalones cortos; ella, una camiseta blanca y vaqueros. El salón estaba desordenado, con tazas en la mesa y una manta arrugada en el sofá. Saludamos con timidez. Los primeros minutos apenas hubo nadie. Leímos dos mensajes, nos reímos de lo ridículo que resultaba y casi cerramos la página. Entonces el contador empezó a subir. Cincuenta personas. Cien. Doscientas.
Sofía me apretó la rodilla.
—Nora… esto se está llenando.
Sentí un escalofrío raro. No era miedo del todo. Era la extraña conciencia de estar siendo miradas. Cada sonrisa, cada roce accidental, cada vez que nos inclinábamos la una hacia la otra quedaba expuesta. Los comentarios llegaban rápido: piropos, preguntas tontas, corazones. Y entre ellos, monedas. Pequeñas propinas por cosas absurdas. Que bailáramos. Que brindáramos con un vaso de agua. Que Sofía me peinara con los ojos cerrados. Lo hicimos entre risas, incrédulas, como si el dinero fuera una broma más.
Luego apareció el primer reto de verdad.
“Una prenda menos.”
Nos miramos. Sofía levantó una ceja. Yo negué, pero la risa me traicionaba. La cantidad ofrecida brilló en la pantalla y de pronto el juego dejó de parecer tan inocente. Aun así, no ocurrió de golpe. Hablamos con la gente, hicimos tiempo, nos burlamos de nuestra propia vergüenza. Al final Sofía se quitó la camiseta despacio, quedándose solo con un top claro. La pantalla se llenó de mensajes. Yo me tapé la cara un segundo, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello. No me asustaba el desnudo en sí; nosotras nunca habíamos tenido problema con el cuerpo ni con la cercanía. Lo que me removía era saber que había cientos de ojos desconocidos al otro lado. Y, al mismo tiempo, esa misma idea me encendía por dentro de una forma que no esperaba.
Pidieron que yo también me quitara algo. Dudé. Miré a Sofía. Ella me acarició el brazo con suavidad, sin empujarme, solo acompañándome. Me saqué el top y me quedé en sujetador. Las monedas llovieron. El contador seguía subiendo. Quinientas personas. Ochocietas. Mil.
Después llegó el beso.
Lo leímos varias veces. Fingimos no haberlo visto. El silencio entre nosotras se hizo grande y espeso. Sofía se inclinó un poco. Noté su perfume, esa mezcla dulce que conocía de memoria de tantas noches compartiendo el sofá y la cama en pijama.
—Es solo un beso —susurró—. Si no te apetece, no.
Pero sí me apetecía. Aunque me diera vergüenza admitirlo. Fue suave, breve, casi inocente. Al separarnos ninguna miró a la cámara durante unos segundos. El corazón me latía demasiado fuerte. El contador se había disparado. Había miles de personas conectadas y las monedas seguían apareciendo como luces pequeñas en la pantalla.
A partir de ahí todo fue más lento de lo que cualquiera imaginaría. No nos convertimos en otras. Seguíamos siendo Nora y Sofía: nerviosas, curiosas, sorprendidas de nosotras mismas. Pero la cercanía cambió de temperatura. Cada roce pesaba más. Cada mirada duraba demasiado. El salón de siempre se volvió un lugar secreto incluso estando expuestas ante tanta gente.
Los espectadores pedían más. Que nos besáramos con lengua. Que nos tocáramos por encima de la ropa. Que nos quitaramos el sujetador. Algunas cosas las rechazamos enseguida, entre risas incómodas y un “ni de coña” que escribíamos juntas en el chat. Pedían que abriéramos la puerta a alguien de fuera, que dijéramos nuestras direcciones, que hiciéramos cosas con objetos de la cocina. A todo eso dijimos que no. Clarísimo. El miedo a quién pudiera estar mirando seguía ahí, agazapado detrás de la excitación. No éramos tontas. Solo estábamos dejándonos llevar por una curiosidad que crecía más rápido que nuestra prudencia.
Aun así, el ambiente se fue espesando. Sofía se acercó más y apoyó la frente en mi hombro. Yo le pasé un brazo por la cintura. Su piel estaba caliente. La mía también. Nos besamos otra vez, esta vez un poco más largo, y noté cómo ella abría un poco los labios. Un murmullo de monedas llenó la pantalla. Me temblaban las manos. No de miedo: de anticipación.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído.
Ella asintió, con las mejillas encendidas y una sonrisa incrédula.
—No sé qué nos está pasando… pero no quiero parar todavía.
Yo tampoco. Me ponía muchísimo sentirme deseada, aunque fuera por desconocidos. Esa mezcla de vergüenza y placer me tenía húmeda sin casi haber empezado. Se lo confesé en un susurro y Sofía soltó una risa bajita, confesándome que a ella le pasaba lo mismo. Nos miramos como si de pronto entendiéramos el secreto a medias: no era solo el dinero. Era el morbo de cruzar una línea juntas, despacio, sin que nadie nos obligara.
Pidieron que nos quitáramos el resto de arriba. Esta vez lo hicimos. El aire del salón me rozó los pechos y se me erizó la piel. Sofía estaba preciosa: bronceada, segura y a la vez temblando un poco de la risa. Nos abrazamos de lado, medio escondiéndonos y medio ofreciéndonos, y los comentarios se volvieron un río imposible de leer.
Entonces alguien ofreció una cantidad absurda para que yo la tocara.
Me quedé quieta. Sofía me miró sin exigirme nada. Solo esperaba. Tragué saliva, le acaricié primero el muslo por encima del vaquero, después un poco más arriba, y sentí cómo abría un poco las piernas sin pensarlo. El chat se volvió loco. Yo seguía sin dar crédito. Estaba tocando a mi compañera de piso en directo, con miles de personas mirando, y en lugar de parar solo podía pensar en lo caliente que la notaba incluso a través de la tela.
Desabroché su botón con dedos torpes. Ella me ayudó a bajar un poco la cremallera. Introduje la mano con lentitud, casi pidiendo permiso en cada centímetro, y la encontré empapada. Sofía soltó un suspiro que no pudo disimular. Yo también estaba empapada; lo notaba al moverme, al apretar los muslos, al rozarme contra ella sin querer.
—Nora… —murmuró, y mi nombre sonó distinto.
Empecé a masturbarla despacio, con cuidado, aprendiendo sobre la marcha qué ritmo le gustaba. No había prisa. No había guion. Solo sus respiraciones cada vez más cortas, mi mano entre sus piernas y la pantalla brillando al fondo como un recordatorio imposible de ignorar. Me besó en el cuello. Yo le besé la boca. Sus caderas buscaron mis dedos con una necesidad dulce y torpe. Estábamos las dos muy húmedas, incrédulas, ardiendo en ese sofá que olía a casa y de pronto también a secreto.
Los espectadores pedían que fuera más rápido, que me pusiera encima, que usáramos un juguete. A varias de esas cosas dijimos que no con la cabeza, entre gemidos contenidos y risas nerviosas. Queríamos seguir dueñas de lo que ocurría, aunque ya nos hubiéramos entregado bastante. Seguían lloviendo monedas. El contador de personas parecía irreal.
Sofía se agarró a mi hombro y enterró la cara en mi cuello cuando el placer la dobló por dentro. La noté contrarse alrededor de mis dedos, mojada, temblando, intentando no gritar demasiado. Se corrió en pleno directo, con un gemido ahogado y los ojos entrecerrados, preciosa y vulnerable a la vez. Yo la sostuve contra mí, con el corazón desbocado y los dedos todavía lentos, acompañándola hasta que el temblor se le fue calmando.
Durante unos segundos no miramos la cámara. Solo nos oíamos respirar.
Cuando el directo terminó, la pantalla mostró una cifra que nos dejó sin palabras: mil euros.
Nos quedamos en el sofá, medio desnudas, con el pelo revuelto, las mejillas calientes y los muslos todavía sensibles. Afuera seguía siendo nuestra calle de siempre, nuestro edificio de siempre, nuestra vida de siempre. Dentro, el silencio pesaba distinto. Sofía se rió bajito, incrédula, y apoyó la cabeza en mi pecho. Yo le acaricié el pelo sin saber muy bien qué decir.
Aquella noche pensé mucho en la juventud. En lo fácil que es confundir la curiosidad con la valentía, el morbo con el deseo, y la mirada de otros con el valor de una misma. Había sido dulce y peligroso a la vez. Me había excitado sentirme deseada, sí; me había excitado aún más compartirlo con ella. Pero también me dejó una pregunta pequeña y honesta: cuánto de aquello habíamos hecho por jugar y cuánto por descubrir una parte de nosotras que solo se enciende cuando alguien mira.
No sé si volveríamos a encender la cámara.
Sofía dijo que quizá, algún día, con más cuidado y sin tanto miedo. Yo no respondí enseguida. Solo miré la pantalla apagada y pensé que algunas experiencias no se repiten por el dinero ni por la atención, sino porque te obligan a conocerte un poco más de lo que esperabas… y porque, aunque te dé vergüenza admitirlo, una parte de ti ya está recordando cómo se sintió.