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Relato 05

Paseando Con Pablo

21 de julio de 2026 9 fotos 8 vídeos

Hoy me desperté con una sonrisa tonta pegada en la cara y el corazón lándome despacito, como si ya supiera que el día iba a ser de esos que se guardan en un cajoncito especial del pecho.

M​e miré al espejo de mi habitación mientras me ponía la camiseta blanca de siempre y los shorts vaqueros rotos. El pelo largo suelto, las pecas todavía humedecidas por la ducha y esa sensación dulce de saberme esperada. Pablo me había escrito muy temprano: «Paseo, pizza y lo que surja, mi niña». Y aunque a mí me encanta follar, aunque de vez en cuando sigo teniendo escarceos locos y calientes como los últimos, con él estoy yendo poquito a poquito… y me encanta. Me encanta esta lentitud que me hace sentir querida de verdad.

Salimos al parque. El césped olía a verano y el sol se colaba entre las hojas. Nos sentamos en el banco de madera y de pronto sus labios estaban sobre los míos. Un beso lento, profundo, de esos que te derriten por dentro. Sus manos grandes me rodeaban la cintura con una ternura que me hacía cosquillas en el estómago. Yo le acariciaba el pelo de la nuca y sentía cómo se le aceleraba el pecho contra el mío.

«Te quiero tanto…», me susurró contra la boca, y yo solo pude contestar con otro beso más hondo, sonriendo como tonta.

Seguimos paseando cogidos de la mano, parando cada dos pasos para volvernos a besar debajo de los árboles. Él me miraba como si yo fuera lo más precioso del mundo y yo me sentía exactamente así: preciosa, segura, feliz. Paramos a comer una pizza en una terraza cercana. Nos reímos de tonterías, nos robamos trocitos de la boca del otro y debajo de la mesa nuestras rodillas se buscaban sin parar. Cada vez que nuestras piernas se rozaban yo sentía un calorcito travieso subirme por el vientre, pero él no se precipitó. Ni una sola vez.

Al anochecer nos metimos por un callejón estrecho y silencioso. Me arrinconó suavemente contra la pared rugosa y me besó como si quisiera memorizarme. Su mano subió por mi costado, rozó la tela fina de la camiseta y se detuvo justo debajo del pecho, sin atreverse a más. Yo notaba su erección dura contra mi muslo y aun así él solo me besaba la comisura de los labios, la mandíbula, el cuello… con una contención que me derritió por completo. Sabía que estaba cachondo, que le hubiera encantado hacerme suya ahí mismo, pero eligió no hacerlo. Eligió seguirme el ritmo. Y eso, joder, me enamoró todavía más.

Después caminamos hasta la playa. La arena todavía caliente bajo los pies descalzos, las luces lejanas de la ciudad y el sonido suave de las olas. Nos dejamos caer en la orilla. Él me sentó a horcajadas sobre su regazo y volvimos a besarnos, esta vez más hambrientos, más profundos. Sus manos me apretaban el culo por encima del short y yo movía un poquito la cadera, solo un poquito, suficiente para sentir cómo se le endurecía todavía más.

Fue entonces cuando decidí darle su premio. Me separé apenas unos centímetros, lo miré a los ojos con una sonrisa pícara y dulce a la vez, y levanté despacio el bajo de mi camiseta. No llevaba sujetador. El aire fresco de la noche me rozó los pezones ya duros y se los mostré a él por primera vez. Sus ojos se abrieron como platos, la respiración se le entrecortó y soltó un «hostia, Nora…» tan cargado de devoción que me hizo reír bajito de la emoción.

—¿Te gustan? —le pregunté casi en un susurro, manteniendo la camiseta subida solo lo justo.

Él no contestó. Solo asintió con la cabeza, con la mirada clavada en mis tetas pequeñas y rosadas, y después volvió a buscar mi boca como si necesitara anclarse a algo para no volverse loco. Me besó con una ternura voraz mientras una de sus manos subía temblorosa y rozaba apenas la curva inferior de un pecho, sin llegar a agarrarlo del todo, como si tuviera miedo de romper el hechizo. Yo le acaricié el pelo y le dejé mirar todo lo que quisiera, sintiéndome preciosa y poderosa y querida al mismo tiempo.

Nos quedamos así un buen rato: yo con la camiseta todavía un poco levantada, él contemplándome como si acabara de descubrir un tesoro, las manos explorando con una suavidad que me ponía la piel de gallina. No hubo más. Ni se bajó el short ni me lo bajó a mí. Solo besos, caricias por encima de la ropa y esa mirada de enamorado perdido que me hacía el corazón un nudo dulce.

Cuando por fin bajé la camiseta y me acurruqué contra su pecho, él me abrazó con fuerza y me susurró al oído:

—Eres lo más bonito que me ha pasado. No quiero correr. Quiero cuidarte.

Y yo, que normalmente me como el mundo a dentelladas, solo pude sonreír contra su cuello y pensar que sí… que a veces ir despacio sabe todavía más rico. Que me encanta follar, sí, pero me encanta aún más estar con alguien que me mira como si yo fuera su universo entero y se contenga solo por hacerme feliz.

Volvimos a casa de madrugada, cogidos de la mano, parando cada poco para volvernos a besar debajo de las farolas. Llegué a mi habitación con los labios hinchados, el pelo revuelto y el corazón tan lleno que casi no me cabía en el pecho. Me miré otra vez al espejo, la misma chica de esta mañana, pero diferente. Más suave. Más enamorada.

Y mientras me quitaba la ropa olía todavía a él… a mar, a pizza y a promesas lentas.

Hoy solo nos besamos y nos tocamos un poquito.
Y aun así ha sido uno de los días más calientes y más dulces de mi vida.

El relato

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