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Relato 09

Por el culo

3 de agosto de 2026 20 fotos 2 vídeos

Hoy ha sido una de esas sesiones en las que el ambiente se vuelve más íntimo de lo que ninguna esperábamos, y yo sigo en la cama con las mejillas ardiendo, sin saber muy bien si de vergüenza o de otra cosa.

Las cuatro estábamos desnudas desde primera hora, y el fotógrafo no paraba de darnos indicaciones: que nos giráramos, que arqueáramos la espalda, que miráramos por encima del hombro con cara de no saber nada. La luz entraba suave por la ventana y se posaba sobre nuestra piel como si también quisiera mirarnos. Yo notaba el aire fresco rozándome la espalda y el culo, y aunque al principio me tapaba un poco sin darme cuenta, poco a poco me fui soltando. Hay algo bonito en eso, en dejar de esconderse.

Lo más especial del día fue ver a Martina quitarse toda la ropa. Nunca la había visto completamente desnuda. Se desnudó despacio, sin prisa, como si cada prenda fuera un pequeño ceremonial, y yo no pude evitar mirarla de reojo. Su cuerpo es tan elegante y delicado… la piel clara y lisa, la espalda larga que se curva como dibujada, y ese culo redondo y firme que parecía hecho de porcelana. Cuando se arrodilló en la cama para una foto y miró hacia atrás por encima del hombro, me quedé un segundo callada. Sentí una mezcla rara de ternura y envidia buena. Como si de repente la conociera un poco más y me alegrara de ello.

Es curioso, pero cada una de nosotras tiene un culo completamente distinto, y de alguna forma, todas son bonitos. El de Sofía es carnoso, con esa curva generosa que se mueve sola cuando camina, de esos que parecen hechos para agarrar con las dos manos. El de Ingrid es pequeño y redondito, travieso, siempre listo para levantar la cadera un poquito más de lo necesario, como si fuera por la vida buscando problemas. El de Martina, como digo, es elegante, perfecto, casi serio. Y el mío… bueno, parece que a los hombres les llama mucho la atención. Siempre me lo dicen. Que es redondito, que es suave, que es de las partes más bonitas de mi cuerpo. A mí me gusta cuando me lo amasan con las manos calientes, cuando lo agarran con fuerza mientras me besan el cuello, o cuando me dan un cachete suave que me hace soltar una risita. Me hace sentir deseada, como si esa parte de mí tuviera un poder especial que yo todavía no termino de entender. Pero hasta ahí. Nunca he llegado más lejos. Nunca he practicado sexo anal.

No soy la única. Martina tampoco lo ha hecho; lo dice con esa naturalidad suya, como quien dice que nunca ha probado el sushi. Sofía solo lo ha hecho con su novio, y cuenta que le gusta, pero que necesitó mucha confianza, mucha paciencia y muchos mimos antes. Ingrid, en cambio, lo disfruta muchísimo y no se guarda ni un detalle. Lo cuenta sin ningún pudor, con esa sonrisa pícara que le sale de fábrica. Dice que le gusta la sensación de llenura, la entrega total, sentir que está dando algo muy íntimo que no todo el mundo se atreve a dar. Yo siempre la escuchaba con una mezcla de incredulidad y curiosidad, preguntándome cómo algo así podía gustar tanto.

Hoy Ingrid decidió mostrármelo.

Empezó como empiezan siempre estas cosas con Ingrid: despacio y sin pedir permiso. Se acercó al fotógrafo entre foto y foto, con esa forma de caminar suya que parece un reclamo, y le susurró algo al oído que no pude oír. Él se quedó quieto un segundo, con la cámara colgando del cuello, y tragó saliva. Ella sonrió, le pasó un dedo por el pecho y le dijo, esta vez lo suficientemente alto para que todas lo oyéramos:

—Llevas toda la mañana haciéndonos fotos por detrás. ¿No te apetece algo más que mirar?

Él balbuceó algo sobre el trabajo, sobre que no estaba bien, sobre que quizá deberíamos seguir con la sesión. Pero Ingrid ya se había puesto de rodillas delante de él, y le desabrochaba el pantalón con esa calma de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Cuando se la sacó, yo contuve la respiración. Era grande. No exageradamente, pero sí más de lo que yo estaba acostumbrada a ver: gruesa, con la punta ya brillante y húmeda, y tan dura que se pegaba casi a su tripa. Ingrid la sopesó en la mano como quien evalúa una fruta madura, miró al fotógrafo a los ojos y le dijo:

—Hoy me la vas a meter por el culo. Y ella va a mirar.

Señaló hacia mí sin volverse. Yo me quedé de piedra, sentada en mi esquina de la cama, con las piernas recogidas contra el pecho. Él me miró un instante, como pidiendo permiso, y luego miró a Ingrid, y ya no dijo nada más. Lo que quedaba de sesión se quedó en nada.

Ingrid se acercó a mí gateando por la cama y me susurró al oído:

—Quédate quieta y mira. Vas a aprender mucho.

Luego se acomodó de rodillas delante de él, apoyando los codos en las sábanas, con ese culito pequeño y redondo levantado hacia arriba como una ofrenda. Él se arrodilló detrás, todavía medio incrédulo, y empezó a acariciarla: la espalda, las caderas, las nalgas, que abrió despacio con los pulgares para mirarla bien. Ingrid cerró los ojos y sonrió. Yo miraba sin pestañear.

Lo vi todo. Cómo él se humedecía los dedos y empezaba a prepararla, primero rodeando, luego entrando con uno solo, despacio, con una paciencia que no me esperaba. Ingrid respiraba hondo, soltando suspiros pequeños que se fueron haciendo más largos cuando él añadió un segundo dedo. Ella movía las caderas en círculos pequeños, ayudándole, buscando el ritmo. «Así», decía. «Despacio. Un poco más.» Y él obedecía, con la cara roja y la respiración ya rota, mientras su polla colgaba dura y pesada entre las piernas, goteando un hilito transparente que a mí me pareció hipnótico.

Cuando por fin se colocó, se escupió en la mano, se la pasó por la punta y apoyó la cabeza contra esa entrada pequeñísima y rosada. Empujó despacio. Muy despacio. Vi cómo la punta desaparecía primero, cómo Ingrid abría la boca y soltaba el aire en un gemido larguísimo, cómo sus manos se agarraban fuerte a las sábanas. Él se detuvo un momento, dejándola respirar, y luego siguió, centímetro a centímetro, hasta que estuvo entero dentro y los dos se quedaron quietos, pegados, temblando un poco.

Y entonces empezó a moverse.

Al principio eran embestidas cortas y suaves, casi tímidas, pero Ingrid pedía más con el cuerpo, empujándose hacia atrás, clavándose contra él. Los gemidos de ella se volvieron más profundos, más rotos, de esos que nacen en algún sitio muy adentro. Él la agarró de la cintura con fuerza y el ritmo creció, y el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación entera, mezclado con los jadeos de los dos. La polla entraba y salía de ese culo pequeño con una facilidad que me sorprendía, brillante, y el culito de Ingrid temblaba entero con cada embestida, las nalgas agitándose como si tuvieran vida propia.

—Dios, así —gemía Ingrid, con la cara hundida en la sábana—. No pares, no pares.

Él no paró. La cogía como si el mundo se acabara, con las mandíbulas apretadas y el sudor cayéndole por la espalda, y ella lo recibía todo, entregada y al mismo tiempo dueña de cada segundo, girando la cabeza de vez en cuando para mirarme con los ojos entrecerrados, como queriendo decirme: ¿ves? ¿ves lo bien que se siente?

Yo no pude apartar la vista ni un segundo. Sentí calor en las mejillas y un cosquilleo raro entre las piernas, y noté que, sin darme cuenta, me las estaba apretando. No era solo excitación, aunque también lo era. Era curiosidad. Una curiosidad suave, casi inocente, de alguien que nunca ha cruzado esa línea pero que la acaba de ver de cerca, tan de cerca que casi podía tocarla. ¿Dolería mucho al principio? ¿Se convertiría después en eso, en ese placer que le doblaba la voz a Ingrid? ¿Sería yo capaz algún día de entregarme así?

Cuando él llegó al final, lo hizo con un gruñido grave, agarrándola de las caderas con tanta fuerza que le dejó marca, hundiéndose entero una última vez. Ingrid gimió alto, largo, y los dos se quedaron quietos, pegados, respirando como si acabaran de correr una maratón. Luego él salió despacio, y yo vi cómo ella se quedaba abierta un instante, temblando, antes de cerrarse otra vez. Ingrid se dejó caer sobre la cama, riendo bajito, con la cara sonrojada y el pelo pegado a la frente.

Se giró hacia mí con una sonrisa pícara de oreja a oreja, se acercó gateando, me dio un beso en la mejilla que olía a sudor y a algo más, y me susurró:

—Ya lo has visto. Cuando quieras, te ayudo.

Me quedé callada un rato largo, todavía sentada en mi esquina, con las sábanas revueltas alrededor y el olor a sexo flotando en el aire como una nube. Martina se había sentado a mi lado en algún momento, y su mano me rozó el brazo en un gesto cómplice. Miré mi propio cuerpo, mis caderas, mi culo, esa parte que a los hombres les gusta tanto agarrar, y pensé que quizá algún día… pero no hoy. Hoy solo he mirado. Y eso ya ha sido mucho. Más que mucho.

A veces las sesiones de fotos se convierten en algo más. Hoy ha sido una de esas veces. Y aunque todavía me sonrojo al recordarlo, aunque sé que esta noche soñaré con ello, no puedo evitar sonreír un poquito. Porque hay preguntas que solo se responden mirando. Y hoy, por fin, he mirado.

El relato

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