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Relato 39

Vacaciones

14 de julio de 2026 16 fotos 7 vídeos

El sol de julio se nos coló por la ventana del apartamento y nos prometió que estos días iban a ser solo nuestros.

Cuando llegamos con las maletas todavía calientes del coche y subimos las escaleras del edificio blanco, el mar ya nos esperaba desde la terraza como un abrazo grande y azul. Yo, Nora, la más bajita del grupo y con esas pecas que siempre aparecen en verano aunque me ponga crema, dejé mi maleta gris en el suelo de madera clara y respiré hondo. El aire olía a sal, a toalla limpia y a algo más suave que no sabía nombrar. Sofía ya estaba descalza, moviéndose por el salón como si el sitio fuera suyo desde siempre, y Martina abría las ventanas riendo para que entrara la brisa del atardecer. Mateo se quedó un momento en la puerta, con la mochila colgada del hombro, mirándonos a las tres con esa sonrisa tranquila que se le pone cuando está contento y un poco descolocado.

El primer día entero lo pasamos en la playa. Extendimos las toallas lo más cerca del agua que pudimos y nos tumbamos las tres en fila, hombro con hombro. El sol caía despacio, espeso, como si quisiera quedarse pegado a cada centímetro de piel. Sentí cómo se me metía por la espalda, bajaba por la curva de la cintura y se detenía justo donde terminaba el bikini. Cerré los ojos y solo existía el calor, la arena suave que se pegaba un poco a las piernas húmedas, y el sonido lento de las olas. De vez en cuando me giraba un poco y veía a Mateo sentado un poco más atrás, con el libro en las rodillas pero sin pasar página. Sabía que nos miraba cuando nos incorporábamos para ponernos más crema en los hombros, cuando nos girábamos para atarnos mejor la parte de arriba del bikini. No era una mirada pesada, era algo más dulce, como si nos estuviera guardando un secreto. Nosotras nos mirábamos entre nosotras y a veces nos reíamos bajito, como si compartiéramos la misma idea sin necesidad de decirla.

En el agua el juego empezó sin avisar. Martina me salpicó con las dos manos y yo chillé riendo, esquivando otra ola que me mojó hasta el pecho. El agua fría me subió por el vientre y hizo que la tela se pegara un segundo a la piel. Cuando me giré para devolverle el chapuzón, vi cómo Mateo se había levantado en la orilla y nos miraba con los ojos entrecerrados por el sol. Sofía se unió y las tres acabamos metidas hasta la cintura, salpicándonos, resbalando, gritando de risa. En un momento Martina me rodeó por la espalda para protegerme de una ola grande y sentí su risa contra mi hombro desnudo. El sol nos secaba la espalda mientras el agua nos refrescaba el escote y los muslos. Fue solo un rato, pero me dejó el cuerpo ligero, un poco eléctrico, como si la piel recordara cada gota que había resbalado por ella.

El agua fría me subió por la piel y el sol se quedó atrapado en cada gota que resbalaba por mi escote.

Por la tarde subimos hasta el faro. El viento nos revolvió el pelo y nos apretujamos las cuatro para hacernos la foto con el mar detrás. Yo me puse en medio, entre Sofía y Martina, y sentí el calor de sus cuerpos todavía tibios del sol en la piel. Mateo nos hizo varias fotos y luego se puso con nosotros, un poco más alto que todas. En ese momento, con el viento y la luz blanca del faro, pensé que estos días eran exactamente lo que necesitábamos las tres: estar juntas, sin prisas, sin nadie que nos apurara. Solo el mar, el sol y esa sensación de que el cuerpo por fin descansaba de verdad.

Por la noche, después de cenar pasta en el pueblo y caminar por las calles blancas, volvimos al apartamento cansadas y felices. Nos tiramos en el sofá grande del salón todavía con la ropa ligera del atardecer. Yo me quedé en medio, con las piernas recogidas, el vestido corto de lino todavía un poco arrugado. Sofía se apoyó en mi hombro y Martina estiró las piernas sobre el reposabrazos, rozando un poco las mías. Mateo se quedó de pie un rato, apoyado en el respaldo del sofá, contándonos algo del día con esa voz baja que se le pone cuando ya es tarde. En un momento me rozó el brazo al pasarme un vaso de agua y sentí un pequeño escalofrío que me recorrió la piel todavía caliente del sol. Nos miramos un segundo las dos y sonreímos, como si supiéramos que había algo suave en el aire pero que esa noche no iba a pasar de ahí. Solo era el final de un día lleno de sal, de risa y de luz.

Me acosté con la piel todavía tibia por dentro, las pecas de los hombros un poco más marcadas y el cuerpo descansado de una forma que hacía mucho que no sentía. Mañana será otro día igual de largo y dulce. Y me gusta saber que las tres estamos aquí, juntas, y que Mateo nos mira como quien mira algo que le gusta mucho pero que respeta con todo el cariño del mundo.

El relato

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